Cultura

Adicto al Prado, a sus hijos y al viejo reloj de su padre

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Carlos del Amor (Murcia, 1974) ha llegado baldado al café-restaurante. Llevar a sus hijos en brazos y un mal movimiento al atarse los cordones de los zapatos le ha dejado agarrotado. El periodista es jefe adjunto del área de cultura del telediario de TVE y pertenece a la corporación desde hace 21 años. Acaba de publicar ‘Emocionarte. La doble vida de los cuadros’, libro con el que ha ganado el premio Espasa 2020. Durante la charla no deja de hablar de manera entusiasta de sus hijos, Martín y Lope. Del Amor es un osado que se toma sus licencias. Pocos pueden presumir como él de haber pasado la noche a la vera de los borrachos de Velázquez y las Tres Gracias de Rubens, y simulado un fundido a negro para alejar de la modorra al espectador.

7.30 horas. Suena el despertador y logro salir de la cama; arranco a los niños del sueño un cuarto de hora después y se pone en funcionamiento toda esa secuencia que consiste en prepararles el desayuno, ir al cole, llegar con el tiempo justo, apenas cinco minutos antes, y dejarlos en la puerta. Si me toca turno de mañana, voy a la tele, a Torrespaña. Vivo a tres minutos andando de El Pirulí.

10.00 horas. Como hoy voy a cubrir una exposición en el Museo del Prado, me dirijo a Producción, me acerco al cuarto de reporteros y les cuento más o menos lo que pretendo hacer. Me gusta llegar pronto y darme un paseo a solas para observar los cuadros, averiguar qué me quiere contar la muestra y qué quiero contar yo de ella. Una mirada, una lágrima, un gesto pintados son el punto de arranque del relato. Lo que más quebraderos de cabeza me provoca antes de hacer un reportaje es dar con un argumento.

11.00 horas. Entrevisto al comisario y salimos del museo a todo correr para llegar a tiempo al telediario de las tres de la tarde. Pero antes hay que visionar las imágenes, minutarlas, escribir el texto, buscar una música y redactar la entradilla del presentador.

17.30 horas. Mis hijos, Martín y Lope, de seis y cuatro años, me están haciendo descubrir los museos con otros ojos. Nunca se me olvidará cuando fuimos a ver el ‘Guernica’ al Reina Sofía. Creo que fue Martín quien me dijo: «Es un cuadro triste, no tiene color». Es una definición magnífica. Mi chica me dice: «aprovecha ahora, porque dentro de nada lo que menos querrán será hacer un puzle contigo».

20.30 horas. Dejamos a los críos con los padres de mi pareja y nos vamos a cenar. Conocí a mi chica, Ruth Méndez, que también es periodista cultural en Telecinco, en un festival de cine en Venecia. A los de Telecinco les faltaba cable para hacer un envío y nos lo pidieron a nosotros. Yo tenía mucha a prisa porque tenía que transmitir mi pieza. Pero la vi doblar la esquina y le dije a mi compañero: «vete tú, que yo me quedo». Y así fue surgiendo el amor, aunque la cosa tardó en madurar.

22.30 horas. Aunque soy un friki tecnológico, me gusta mirar la hora en el reloj de mi padre, mi bien más preciado y que heredé cuando murió. Es de 1970 y se rompe solo con mirarlo; de hecho se ha averiado varias veces, pero le tengo muchísimo cariño. De pequeño me lo ponía y me quedaba gigante. Es un modelo raro que gasta una pila especial.

Miércoles

13.00 horas. Me toca turno de tarde, así que me doy un paseo por la Quinta de la Fuente del Berro y presentó mis respetos a Pushkin, a una de las pocas estatuas que hay del escritor ruso en España, y a Bécquer. Me siento en un banco, leo un poco, consulto correos…

20.30 horas. Más allá de fumar y ver fútbol, que lo sigo viendo por defecto -ya pocas veces me meto en el partido-, tengo pocos vicios. Si no tengo mucho estrés, puedo llegar a fumar cinco cigarrillos, aunque ahora estoy a régimen por así decir, intentando dejarlo. Reconozco que soy un poco adicto al trabajo. Mi cabeza siempre está pensando en buscar temas. Doy mucho la brasa, supongo que mi jefe debe de estar harto de mí. Cuando cubrí la entrega de los premios Princesa de Asturias, me dije: podríamos cerrar el telediario con el sonido de unas gaitas que tocasen fragmentos de bandas sonoras de Ennio Morricone y John Williams. Y ya estaba dispuesto a llamar a los gaiteros para que se colocaran en el teatro Campoamor. Ahora estoy muy enganchado con mis hijos.

18.00 horas. Mucha gente me pregunta si Carlos del Amor es un nombre artístico. Y no, no lo es. ¿Cómo voy a hacer eso? No soy un cantante. En el colegio sí que había cachondeo con mi nombre; ahora cada vez menos. A mi hijo Martín le íbamos a poner León, pero León del Amor podía sonar un poquito… ¿cómo decirlo? Me lo imaginaba presentándose como «soy León del Amor».

22.15 horas. Mis hijos son muy trasnochadores, se acuestan a las diez o diez y pico. A veces pienso: «los voy a tumbar de cansancio», pero siguen preguntando por todo. Una vez les pusimos ‘House of Cards’ para que desconectaran y resulta que nos interrogaban, por qué el presidente de EE UU en la ficción, Frank Underwood, es tan malo. Si está el telediario puesto, son capaces de nombrarte los líderes de todos los partidos. Recuerdo que en una moción de censura se sabían quién votó ‘no’ y quién voto ‘sí’; te cuentan si Rufián se ha cabreado y el otro ha hecho no sé qué. A veces creo que les estimulamos demasiado.

12.00 horas. Mi madre ya habrá recibido el libro dedicado. Vive en Murcia, que ahora es el nuevo Lepe. Imagino que habrá bajado a tomarse un café al bar de toda la vida, el mismo en el que yo rompí el luminoso de crío con un pelotazo. Estará sola por estas cosas de la nueva normalidad.

23.30 horas. Me voy a la cama y me pongo una pulserita de esas que te miden la calidad del sueño. Al despertarme leo que he tenido tres horas de sueño profundo. He dormido medianamente bien, pero me he despertado tres veces. Durante un tiempo me asediaba la pesadilla de que no llegaba a tiempo de emitir una pieza. Estaba en la cabina montando, se abría la puerta y alguien entraba. «¿Qué haces?, pero si ya se ha acabado el telediario». «Pero ¡¿y mi crónica?!» Entonces me despertaba y era como rozar el abismo.

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