Cultura

Botellón y cuenta nueva

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Desde que el hombre se deleitó en contar historias, se sintió tentado a desnudarlas de toda fantasía y calcar, tal cual, la realidad de la calle en el escenario del teatro. Si acaso subrayando este o aquel personaje, esta o aquella situación. El resultado ha sido bautizado con nombres tan acertados como documental teatral o comedia naturalista, y tan literarios como sainete o entremés. La risa nunca estuvo ausente de esta fotocopia. Nuestro teatro, desde Arniches hasta los Quintero, plagó de sainetes las tablas con su simple mirar a la calle de Atocha o al Parque de María Luisa.

Ahora estos chicos del Canal hacen exactamente lo mismo, pero claro, en los años veinte del siglo veintiuno. Ahora el sainete se llama botellón en el descampado y el realismo se llama canuto de yerba, tan veraz que su humo se huele por todo el patio de butacas. Para que la escenografía parezca cierta un coche sin tersura se ofrece a que le saquen litronas de entre su glúteo horizontal y, para que algo parezca espolvoreado por un velamen de poesía, aparecen altísimos troncos de álamos, ansiosos de crear bosque entre los que se pierden más las palabras musitadas que los personajes alicaídos.

El botellón unas veces está pintado con trazos ágiles de chicos saltando y bailoteando, casi al tun-tún, siempre con coreografía esquiva, y otras veces está dibujado para la parsimonia del colocado de hierba, la insulsa charla entre chico prono y chica en supino, o la modorra que, a la poste, suministra el cubalibre. Mientras nosotros nos aburrimos ante tanto decir tío a cada instante, tanta conversación huera y previsible sobre Dios y sobre follar, y tanta supuesta diversión en calzoncillos y con el sujetador a la vista.

Uno se pregunta a quién le interesan estos subproductos teatrales, estos sainetes agostados de fórmula aunque con la apariencia de novedosos de forma. Los jóvenes adictos al botellón, siempre preferirán hacerlo en el descampado que ir a un teatro a ver esta mala fotografía, con mucho humo y poca luz, de lo mismo que ellos hacen en el descampado cada fin de semana. Los otros jóvenes puede que vean esta función como una teleserie más, como un Informe Semanal con texto pretencioso o, para su bien, puede que olviden pronto la hora y media malgastada.

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