Cultura

Capítulo 9

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«¡Son monstruos!», grita un tipo, en primer plano, que parece una versión cósmica de La Cosa del Pantano. Su rostro es arrugado y rojizo, como si hubiera pasado un rollo metálico por su cabeza tras un intenso baño de lava. De la nuca le brotan varias coletas lanudas y sus manos, artríticas, recuerdan a las del demonio que señala a su presa antes de llevársela al inframundo. Pero los monstruos son los otros, como dice él, los malditos moradores de las arenas. Él es un buen tipo, un camarero más en un caluroso planeta desértico con dos soles. Un sencillo vecino preocupado por el futuro de su negocio, de su pueblo y de sus parroquianos.

La frase -«¡son monstruos!»- es un pequeño detalle que, quizás, pase desapercibido en el capítulo 9 de ‘The Mandalorian‘. Digo quizás porque el arranque de la segunda temporada de la serie de ‘Star Wars‘ es tan apasionante, tan divertida, tan preciosista en su factura, que elegir un único detalle es francamente difícil. Pero es el que yo elijo para contarles de qué va: ser un monstruo depende de lo que entiendas por monstruo. Incluso en un universo repleto de todo tipo de criaturas, lo monstruoso depende del cristal con el que se mire.

«Pero los monstruos son los otros, como dice él, los malditos moradores de las arenas»

El capítulo 9 es un western a la vieja usanza: un forastero llega a un poblado aislado, en mitad del desierto, en busca de algo. El sheriff se ofrece a ayudarle si él le ayuda a cazar a un viejo enemigo. Ambos cabalgan en su búsqueda sin saber que necesitan de su lado a los indios a los que tanto odian, «los monstruos», los moradores de las arenas. ‘The Mandalorian‘ sigue bebiendo de las aventuras clásicas para escribir una serie que, maldita sea, es un milagro tan fiel a ‘Star Wars‘ como a las historias. Y por eso es una monstruosidad maravillosa.

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