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Carlos Dávila: «González arremete contra Sánchez ¿y?»

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Pero como es él, no crean: ambigüedad calculada, intención revirada, menos perífrasis que las recordadas…

Pero a Felipe, catorce años presidente del Gobierno, se le entendió, como a los viejos personajes de El Zorro, Zorro, Zorrito, casi todo.

Aceptó ser la estrella invitada en la presentación del libro dedicado a la memoria de Alfredo Pérez Rubalcaba, su cómplice más que su colaborador en la gobernación de España, y, como le sobra listeza para prevenir emboscadas, se limitó, en dos o tres invectivas revestidas sí de su acumulada brillantez retórica, a lanzar sendos mensajes que pueden ser aprovechados como lectura de la actualidad, y, desde luego, como fotografía de su postura ante lo que está perpetrando su sucesor -bien a su pesar- Pedro Sánchez.

Todo bien medido. Por tanto, si su última actuación se movió en estos andares ¿por qué titulo que “González arremete contra Sánchez”?

Pues porque tres de sus afirmaciones en esta peripecia se deben interpretar como reales descalificaciones del actual jefe del Gobierno.

La primera fue respuesta a una pregunta directa de un periodista que le interpeló sobre el pacto de Sánchez y de su Gobierno del Frente Popular con los herederos de ETA:

“Yo no”, afirmó y, ya adornándose en una anécdota ilustrativa que él protagonizó con un correligionario, añadió cosa así como ésta: “Normalmente los que matan son otros, no son los que gritan “apunten, fuego”, pero en realidad esos son los que matan”.

Verde con asas, apoyaría un asistente imparcial. Pero es que, además, y ya en una mojadura sin ambages contra la política de Sánchez, González, sin pestañear, se retrató con esta coda: “Nuestra Constitución, nuestra Monarquía parlamentaria, admite incluso a gentes que quieren terminar con ella, pero eso no quiere decir que se pueda pactar con quien pretende volar el sistema”.

Ábalos, que en algún momento del acto se estremeció con risitas leves, contrajo entonces la sonrisa. Digo yo que poco antes de abandonar su misión de espía entre conspicuos amigos, y de dirigirse a la Moncloa para dar cuenta de lo expresado por quien en el Gobierno es calificado como “jefe de los residuos sólidos”.

Al lado del ex presidente se movían en el acto, inquietos y con ganas de charla, personajes que en algún momento fueron candidatos a la Secretaría General.

Elena Valenciano, la hija del psiquiatra al que el PSOE crucificó cuando acaeció el drama de la colza, y Eduardo Madina, una víctima de ETA que lo puede contar pero que tiene una conclusión respecto a cómo tratar a los terroristas y a sus adosados muy diferente, opuesta por el vértice a lo que piensa y hace Sánchez.

A ellos indirectamente se refirió González cuando, a instancias de una pregunta periodística, respondió algo así como esto: “No me pregunte si yo me inclinaría por este o aquel secretario general, porque cada vez que he apostado por uno he perdido”.

Enésima puñalada al actual inquilino de Ferraz y Moncloa. Observando por cierto a Madina, un socialista vasco al que ETA quiso asesinar pero que, afortunadamente, guarda sólo de aquel atentado una perceptible cojera, tampoco hay que desdeñar su contestación a una pregunta envenenada.

La cuestión invitaba al entrevistado a reflejar su juicio sobre la manía, absolutamente patológica, de este PSOE que ya no lo es, de escudriñar el pasado como motivo de revancha. Madina no dudó. Esta es su opinión:

“No debemos mirar al pasado para ganar la Guerra Civil porque ya la perdimos”.

Si hubiera que utilizar un tono coloquial para resumir la reaparición de González, sería éste: “Ha enseñado la patita”, pero eso sí, no va a tolerar que en lo sucesivo una chiquita tan ágrafa como atrevida de apellido Lastra le trate como un vegetal que se liquida por lisis en un geriátrico.

¡Hasta ahí podía llegar la lealtad de González a su partido!, la lealtad que, precisamente, fue la cualidad que, a la postre, todos ahora bendicen en el caso del comportamiento, no siempre santo, de Rubalcaba. En las puertas del local donde el jueves se presentaba el libro, un periodista, casi al oído porque ahora en Madrid el miedo ahoga la palabra, me indicaba una cierta decepción”.

“Esperábamos más”. No fue poco. No, desde luego el inicio de una respuesta organizada al despropósito universal de Sánchez, pero sí el indicio de que por lo menos existe un PSOE en el que los principios pueden existir.

Los viejos “residuos sólidos”, irreconocibles tanto por la crueldad de los años como por el embozo que ya no nos quita de encima ni Esquilache, abandonaron el momento con la impresión generalizada de que nada de lo que allí escucharon le inmutaría por un instante a Sánchez. Pero, eso sí: no se engañen: ni Javier Solana, ni Almunia, ni Jáuregui, ni Maravall, cambiarán nunca su voto.

González ha arremetido contra Sánchez, pero da igual: el tipo sigue incólume en la Moncloa destrozando España.

Su caída no vendrá desde estas huestes nostálgicas, sino de un movimiento liberal y acelerado que dé con sus huesos en la casa de la que nunca debió salir.

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