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EEUU afronta una transición caótica en un momento decisivo para la pandemia

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La tradición manda que el presidente de turno reciba en el Despacho Oval a su sucesor pocos días después de las elecciones. Es lo que hizo George Bush con el demócrata Barack Obama un 10 de noviembre de 2008. El ritual se repitió justo ocho años después con Donald Trump. Este 10 de noviembre de 2020, sin embargo, la hemeroteca se queda sin la foto del republicano dándole la mano a su rival Joe Biden. Es más, se niega incluso a activar el proceso de transición del poder.

Y es que nada está siendo normal una semana después de cerrarse las urnas en los Estados Unidos y el mayor riesgo al que se enfrenta el país es el de una parálisis total durante dos meses, en un momento crítico para enfrentar la pandemia y la profunda crisis económica por las restricciones para contener los contagios. Trump se niega a admitir la victoria de su oponente y no da la más mínima señal de lo que hará de aquí hasta que deje la Casa Blanca el 20 de enero.

El desconcierto empapa el Capitolio. Los legisladores en el Congreso retoman la sesión sin una guía y el tiempo se echa encima. Para empezar, el 11 de diciembre expira el plazo para aprobar los fondos que necesita el Gobierno federal para operar. Trump no dijo tan siquiera si estaría dispuesto a autorizar esa partida de gasto en el caso de que demócratas y republicanos lleguen a un acuerdo que evite paralizar las actividades no esenciales para conservar efectivo.

fiscal general y Trump

La negociación paralela para sacar adelante el ansiado segundo paquete de estímulos económicos entra en una fase incierta, en un momento extraordinario con el coronavirus propagándose con rapidez por todo el país desde hace semanas. Tanto Nancy Pelosi, la presidente de la Cámara de Representantes, como Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado, expresaron en el pasado su deseo de sacar adelante una serie de medidas adicionales.

El paquete, en principio, incluiría destinar fondos para financiar la producción y distribución en masa de la vacuna contra el coronavirus una vez que sea autorizada por la agencia del medicamento (FDA, en sus siglas en inglés). Es un elemento clave para iniciar el proceso de reapertura de la economía. El plan de Joe Biden, por su parte, es movilizar 25.000 millones de dólares para montar toda esta estructura logística y promete que la vacuna será gratis.

Falta de entendimiento a todos los niveles

El problema, además de la incertidumbre generada por Trump con el recuento de voto, es saber hasta qué punto la Cámara Baja –de mayoría demócrata- y la Alta –controlado por los conservadores- serán capaces de encontrar una línea de entendimiento sobre el dinero que se necesita movilizar. El equipo de transición de Biden, entretanto, está en conversaciones con los demócratas para definir las estrategias que adoptarán una vez que tome el control del Ejecutivo.

La incógnita es anticipar qué papel va desempeñar Trump en todas estas conversaciones y hasta qué punto McConnell asumirá el liderazgo, mientras el presidente se concentra en la batalla legal por el recuento. La vía para esquivar el enroque del inquilino de la Casa Blanca pasa porque los legisladores demócratas logren algún tipo de compromiso que permita movilizar de inmediato fondos para asistir a las familias y pequeñas empresas mientras se aclara la transición.

Los más fieles aliados de Donald Trump, sin embargo, insisten en que las elecciones no terminaron aún y advierten que no se moverá nada hasta que no se aclare el recuento de votos en Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Georgia, Arizona y Nevada. En ese campo se encuentran el propio Mitch McConnell y Lindsey Graham. Esta postura choca con voces más moderadas, como la del Mitt Romney. La división entre los republicanos nubla así cualquier perspectiva de avance.

Donald trump rueda de prensa presidente eeuu

El riesgo más inmediato de esta parálisis, por tanto, es que la mayor potencia del mundo se vea en la situación de no disponer de fondos autorizados para que las agencias gubernamentales puedan operar. Y derivado de este choque, se ve improbable que el paquete de estímulos pueda prosperar. Eso dejaría sin dinero adicional para capear la crisis de la pandemia a clínicas, escuelas públicas y pequeños negocios. El temor es que esto, a su vez, acelere una espiral de despidos y quiebras.

La mayor economía del mundo está así a expensar del caos que quiera crear Trump antes de salir por la puerta de la Casa Blanca a medio día del 20 de enero. De momento, el presidente hace purga entre los miembros de su equipo que no son lo suficientemente leales. La primera cabeza en rodar fue la del secretario de Defensa, Mark Esper. Se le podrían sumar Gina Haspel, directora de la CIA, y Christopher Wray, del FBI. Eso tendría serias implicaciones en la seguridad nacional.

El temor de los demócratas es que el presidente en funciones adopte una actitud destructiva y desestabilice las agencias más importantes, despidiendo a sus líderes. La disrupción creada por Trump podría, por tanto, dificultar aún más el arranque de la presidencia de Biden en un momento en el traspaso ordenado del poder es más necesario que nunca. El presidente electo, por tanto, tendrá las manos atadas durante la transición presidencial más tumultuosa de la historia moderna.

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