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El Prado refleja en ‘Invitadas’ la misoginia del sistema artístico, pero no escapa de ella

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En esta exposición, el museo indica el rol que el Estado español dio a la mujer en el arte, aborda su imagen dentro y fuera de las obras, y saca del almacén a olvidadas creadoras del XIX-XX. ¿Cuál es el ‘pero’? Que su intención, valorada, ha quedado a medio camino. Para grupos de género e historiadores del arte ha perdido la ocasión de poner en valor a las pintoras, aunque ha despertado el debate de renovación de los museos. ‘The Queen’s Gambit’ haciendo sexy el ajedrez, ‘The Undoing’, el terror, Baby Yoda y Royal Blood siguen esta crónica.

Imaginen a un museo de 201 años de historia. En un país de guerras y dictadura no resueltas. En el cual nunca hubo una directora mujer o presidenta del Patronato que lo encabezara, y que hasta 2016-2017 no acogió a la primera muestra monográfica de una pintora –la flamenca Clara Peeters.

Con estas pinceladas, que son algunas del recorrido vital del Museo del Prado, claro que se entiende el aplauso inicial a la exposición ‘Invitadas‘. Por una vez, y a lo grande, la institución –que solo tiene once obras de mujeres de más de 1.700 expuestas– se pregunta por ellas en el arte, no únicamente como creadoras, sino por su rol cuando se constituía el sistema artístico en España, fijándose sobre todo en el papel que les “concedía” el Estado desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el año 1931 (desde el reinado de Isabel II hasta el de su nieto el rey Alfonso XIII).

Que haya un recorrido así en el Prado, con dos secciones de 130 obras, muchas de ellas desempolvadas de sus almacenes, y con el interés de mostrar cómo el Estado alzaba o apartaba ciertas imágenes según si eran moralizantes o no, es un notición que se ha ganado el título de exposición más importante del año. El dilema, y aquí se abre la Caja de Pandora, es si con ella aspiraba a representar aquella época o si además, entonando un mea culpa, buscaba denunciar el machismo dentro y fuera del arte. Porque en ambos casos, sus formas han despertado todos los debates.

Iniciando por el título y la imagen principal, que viste esta crónica. El comisario Carlos G. Navarro explicó a nuestros compañeros Rosa Pérez y Kilian Le Bouquin que sentían que el cartel “tenía un atractivo singular para representar el discurso de cuestionamiento de las imágenes que nos ha ofrecido el Estado”. Lo que ven es el óleo ‘Falenas’ de Verger Fioretti que, según el comisario, “cuestiona la psicología de la mujer caída”, al no aclarar “qué posición tiene, si de víctima o más ambigua”.

Sin embargo, para la doctora en Artes Visuales y Educación Marian Cao, presente también en el reportaje, en España, en ese 1920 de Verger Fioretti, ocurrían cosas más allá de esa psique (había sufragismo, mayor educación), por lo que su elección ahonda “parte del imaginario masculino, no es una imagen que lo rompa”.

Y, aunque el invitar a las artistas sea una ironía –el Prado lo ha definido así porque la sociedad no las veía autoras del canon–, Cao opina que “no hace un gran favor a la exposición. El que nos sintamos expulsadas de un museo, aunque sea en clave irónica, no me parece adecuado. El museo ha obviado la presencia y las ha tenido en almacenes, no estaría mal que diera la ‘bienvenida’ a las artistas que deben ser puestas en valor”.

Navarro, que es el mayor responsable del rescate de estas piezas, revela algo muy interesante a propósito del cartel. Y es todo lo que sugiere el Prado, todo lo que no dice, y entonces cae en el malentendido. Para el historiador del arte Peio H. Riaño eso que no cuenta hace de la exposición “la mejor en años“, “una crítica a la política narrativa del propio museo”.

Un museo que, por dos siglos de discriminación, “con una ideología que destruía a la mujer”, en palabras de Riaño, no ha visto que ha abordado a esta en singular y no en su “diversidad”, como desarrolla Cao. Y que, todavía más chocante, habla de ellas a partir de hombres artistas que pintan y opinan sobre las mujeres

Nuestros corresponsales vieron cerca ese león, ‘El Cid’ de Rosa Bonheur, expuesto con poderío en la muestra, gracias a la labor de Navarro en 2017. Pero en ella, 60 de las 130 obras son de artistas hombres. Incluso una, que simbolizaba ese olvido y deterioro, se atribuyó a Concepción Mejía de Salvador de forma errada, cuando era de Adolfo Sánchez Megías, y se retiró tras la denuncia de una funcionaria jubilada.

Es cierto que el Prado ha afirmado que incorporará a muchas de las artistas a su colección permanente. Hasta ha lanzado encuestas en Twitter sobre las favoritas. Sin embargo, Cao, que considera que “no es tanto una cuestión de poner más obras, que tampoco hubiera estado mal”, señala más bien que “hay mujeres que no están, que gozaron de fama y buena recepción pública, y no están”.

La doctora apoya ese argumento con una seguidilla de detalles. Por ejemplo, que la exposición las trata a ellas de “copistas”, cuando los hombres también lo eran y el ser copista no supone que no hayan sido también creadoras. Asimismo, señala que se las tilda de artistas que gustaban salir retratadas más como señoras burguesas que como artistas, cuando eso ocurría también con hombres: “Nunca habrían hecho una exposición señalando que a los artistas les gustaba salir como burgueses. Creo que hay un prejuicio, y esos prejuicios que se intentan combatir, se reproducen”.

“Es importante que el Prado –declara Riaño– haga una exposición con perspectiva de género y feminista, porque ha estado excluyendo a la mujer durante dos siglos y tiene que acercarse a la sociedad. Es un museo del siglo XIX, dirigido por gente del siglo XX, para un público del XXI. Necesita involucrarse con lo contemporáneo”.

El comisario, en la entrevista que concedió a France 24, desarrolló obras que iban en contra del discurso general que aceptó el Estado. Una inducía a la prostitución, otras, en cambio, estaban apegadas a la culpa, a una maternidad feliz obligatoria, confirmando que “el mensaje moral estaba por delante de su categoría artística a la hora de que el Estado los asumiera como propios”. Y ese contraste es válido. 

La crítica de los historiadores del arte o de asociaciones como Mujeres en las Artes Visuales, de la que hace parte Marian Cao, es que el Prado no haya contado con ellos, y con más expertos, para no mezclar imagen femenina con situación de la mujer en el arte en el XIX, contextualizar ambas cosas, ponerlas en valor y así pensar una muestra menos regresiva y más de progresión, sobre los derechos de las mujeres en distintos ámbitos.

Al final es la transgresión de los sujetos, y el hecho de que el Museo del Prado no haya hecho una “declaración de principios, es decir, qué opina el museo de esta visión” patriarcal y oficial, lo que aviva el mayor debate. Como educadora, contaba Marian Cao que es importante que el museo no sea solo un foro de discusión y participación, sino una institución con “responsabilidad, porque refuerza conductas”.

En nuestros días, ‘La esclava’ de Antoni Maria Fabrés i Costa, que transmite a una mujer ajusticiada por haber robado unas joyas, ya no se ve como en el siglo XIX. Tampoco ‘El sátiro’ de Antonio Fillol que, en su denuncia de violación a una niña, resultó en escándalo inmoral. Pero aún así, “si no tenemos una posición clara –dice Cao–, lo que estamos haciendo es reproducirlos, reforzarlos y legitimarlos. Y creo que el museo debe trabajar esa visión dialéctica: qué nos aportan en el presente esas imágenes que, en muchos casos, son de poder sobre los otros”.

Y que, además, desde la selección hasta la cartela, cuentan con una ideología. La ideología del museo, que declara el también periodista Peio H. Riaño, aportando un ejemplo: “una de las negaciones que hace el museo a la mujer es la violación. En el museo no existen las violaciones en castellano, pero en (las cartelas en) inglés sí. Los títulos son construcciones culturales de una época, no son originales. Tenemos la obligación de adaptarlos a nuestra época”.

De acuerdo con el comisario de ‘Invitadas’, “el museo –que aseguran lleva años construyendo este camino– va a replantearse el discurso en las salas permanentes”. Lo cual se celebra, igual que se celebra la restauración hecha a las obras expuestas, que se han recuperado de los almacenes y de hasta de depósitos en otras instituciones.

El punto, que busca ser constructivo para el Prado y para cualquier otro museo, es que muchos grupos de trabajo sienten que se trata de una oportunidad perdida o de un pequeño paso, en comparación a otras muestras sobre y con artistas mujeres: “La exposición es insuficiente porque el museo tiene que evolucionar la manera que tiene de contar el contenido, sin excluir a la mujer. Es un paso en un camino que todavía está por recorrer. Pero no es el único museo, claro”.

“Agradezco mucho que el Prado, después de todas las peticiones para que hubiera mujeres artistas, tuviese la intención de hacer esta exposición –sentencia Caro–. Lamentablemente, creo que es una exposición fallida (…) Se habla demasiado de las mujeres y hay pocas voces de mujeres”.

¿Cómo hacer entonces? ¿Cómo traer a ese museo de 201 años al presente? Riaño propone, por un lado, “invertir más en la compra de pinturas de mujeres artistas”. Unido a eso, “la narración tiene que dejar de lado la presencia del protagonismo del hombre. Luego, por supuesto, un rescate científico de todas las pinturas que están siendo ocultadas en los almacenes”. Finalmente, nuestro invitado insiste en mutar esa ideología, “ya es hora de crear una línea ideológica del siglo XXI para un museo protegido y visitado por una sociedad del XXI”.

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