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El último portal de Sebastián

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Ignacio G. Merlo (Granada, 1974) no cortará las entradas el próximo viernes 13, en la sala 12 de los cines Nervión de Sevilla, a las 20.00 horas. Eso fue al principio. Ahora él es el director de la película que se proyecta, ‘Ojalá mañana’, una cinta que mezcla ficción y realidad y que se estrenará en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, dentro de la sección ‘Panorama Andaluz’. Una película que, pese a estar lista y enlatada, sigue contándose a sí misma, más allá de sus fronteras de celuloide. De hecho, esta historia es, sin duda, parte de la película –aunque no se vea en pantalla–. Y quizás por eso debamos empezar por el principio: Ignacio cortando entradas en el Cine Ideal, en Madrid, hace más de veinte años.

Todavía hoy se pregunta por qué estuvo tanto tiempo estudiando la carrera de Física, en la Universidad de Granada. «Estaba un poco despistado en mi vida, francamente. Entonces una amiga me propuso hacer teatro, porque me veía resuelto. No era muy bueno. Pero aquello me dio ganas de escribir», recuerda. Las ganas de escribir se transformaron en un cambio radical: abandonar Física, al fin, y marcharse a Madrid a estudiar Cine. Pero aquello tampoco era lo que esperaba, demasiada teoría, demasiada «clase magistral». Fue entonces cuando llegó el momento clave. «Dejé la escuela y me metí a trabajar en el Cine Ideal. Esa fue mi entrada al cine –bromea–, cortando entradas». Luego se convirtió en proyeccionista y pasó a ver películas y más películas, una y otra vez, en los Cines Verdi de la capital.

«Dejé la escuela y me metí a trabajar en el Cine Ideal. Esa fue mi entrada al cine, cortando entradas»

«Mi escuela fueron los Verdi. Después del último pase, los que trabajábamos allí discutíamos acaloradamente las películas, las veíamos al detalle. Ahí fue donde aprendí». Ese aprendizaje se tradujo en varios cortos, ganando algún premio por el camino. «Me llevaron al Festival de Cine de Canarias y allí vi que había gente que hacía películas preciosas sin grandes cantidades de dinero. Y me dije si ellos pueden, ¿por qué yo no?». Volvió a Granada y rodó ‘El andante y su sombra‘, en 2009, un mediometraje entre el Albaicín, la Alpujarra y Almuñécar inspirado en El Quijote. Y, en 2010, ‘Fiebre‘, un largo que suma en Youtube 1.700.000 reproducciones. «Durante el rodaje de ‘Fiebre’, en Almuñécar, ocurrió el milagro y los dos protagonistas se enamoraron». Aquellos dos actores, los otros protagonistas de esta historia, eran Olaia Comesaña Aragón y Sebastián Fernández Fuentes, una feliz pareja que, un día, traerían al mundo a Lola. Lola Fernández Comesaña.

Olaia, Sebastián y Lola.
Olaia, Sebastián y Lola.

Emigrantes

«Cuando la niña tenía siete años –sigue Ignacio–, se tienen que ir a Madrid porque no encuentran trabajo aquí, en Almuñécar. Y se van al edificio donde el padre de Sebastián (naturales de Villanueva del Arzobispo, Jaén) trabaja como portero. Ya ves, padres e hijos emigrando a la capital por la misma razón». Una tarde de verano, Ignacio fue a verlos a su casa y pasaron varias horas jugando a las películas. «Lola no hacía las películas para que las adivinaras. Hacía las películas tal cual, ¡contaba el argumento! No me enteraba de nada, pero me quedé mirando y dije que era fantástico, que íbamos a hacer una película con ella».

Así nació ‘Ojalá mañana’, la película granadina seleccionada en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. La historia cuenta cómo la vida de la familia Fernández Comesaña se revoluciona cuando la madre recibe una propuesta para hacer teatro. El padre, Sebastián, es portero del edificio. Y la hija, Lola, repite en casa los textos que ensaya su madre. «Por la pandemia vivimos encerrados. El encerramiento consiste en que no podemos planificar. Vivimos encerrados en un presente continuo. Eso hace que no podamos fantasear, tener un futuro, planificar, tener una utopía. Eso es ‘Ojalá mañana’, pensar en el mañana y el mañana es la ficción».

Fotogramas de la película.

«Sebas me llama y me dice que el dolor era por un cáncer de huesos… Un año después desapareció. Se fue»

Aunque hay una historia escrita que se va construyendo por detrás de las imágenes, la película se cimienta sobre la vida real de Sebastián, Olaia y Lola. Por eso, más allá de la pantalla, pasa lo más trascendente: «El rodaje empezó muy mal. A Sebas le dolía le espalda de una manera brutal, así que fuimos cambiando los planes durante los 25 días que duró la grabación. Cuando terminó el rodaje, cerca de Navidad, Sebas me llama y me dice que el dolor era por un cáncer de huesos… Un año después desapareció. Se fue. Con lo que para mí, ahora, la película se resignifica. Él era mi amigo. La película es su vida. Es su mujer. Es su hija. Es su casa. Para mí es un legado, un testamento de vida».

Ahora, Ignacio sueña con que ‘Ojalá mañana’ se proyecte en Granada. «Estar en el Festival de Sevilla es maravilloso. Compartir sala con todos esos grandes cineastas es una virguería. Ojalá pasar por allí me facilite llegar también a Granada». Ya ven, desde las aulas de Física y las entradas cortadas hasta cómo una película que has grabado tú mismo termina convertida en otra cosa totalmente distinta. Totalmente inesperada. «La película es alegre. Pero para mí es triste. Espero con el tiempo verla de otra manera, como algo que hicimos juntos Sebas, Olaia, Lola y yo», termina.

Uno de los 50 miembros de Film in Granada

Ignacio G. Mero tiene otras dos películas, ‘Morería 17’ y ‘La Máscara de Cristal’. Se licenció en Humanidades en la Carlos III y volvió el año pasado a Granada, con una beca, para hacer el doctorado en Antropología Audiovisual. Y es uno de los cincuenta profesionales asociado a ‘Film in Granada’, la oficina de cine y rodajes de la Diputación de Granada. «Aquí adolecemos de desconexión. En la ciudad hay buenos cineastas y unirnos es el camino para hacer grandes cosas».

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