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La agenda de los 100 días de Biden: más gasto en sanidad, energía verde y obras

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“Es el momento de sanar Estados Unidos”. La frase más redonda del discurso de la victoria del 46 presidente americano, Joe Biden, lo es por muchas razones pero la principal es la múltiple acepción del verbo. Sanar a los ciudadanos, que son los más golpeados en todo el mundo por la pandemia del coronavirus; pero también sanar una economía que, por mucho que el todavía ocupante de la Casa Blanca haya presumido en las últimas semanas de capacidad de rebote, ha entrado en el mismo laberinto de incertidumbre, caos y sombras que medio planeta. ¿Hasta cuándo durará la crisis económica y social derivada de la sanitaria? ¿Se pueden separar? 

El presidente demócrata tiene claro que no. No lo separa en su discurso y no lo hará en las primeras medidas que tome nada más llegue al Despacho Oval. Y la solución más inmediata y urgente pasa por gastar y gastar: Keynes se estará sonriendo desde su tumba. La agenda de los 100 primeros días de ‘Middle Class Joe’ es tan detallada que daría para programas de toda una década en cualquier otro momento de la historia reciente. Con casi diez millones de contagios y rozando el cuarto de millón de muertos en su país no es un momento más.

Es uno que exige acción inmediata y poner encima de la mesa un paquete de ayudas e inversión pública como no se recuerda al otro lado del Atlántico. Como antes de las elecciones no estaba nada claro que se culminase la reconquista del Senado por parte de los demócratas, el equipo del veterano político ya advertía en su hoja de ruta que tendrían que recurrir a las llamadas ‘órdenes ejecutivas’ del presidente. Que es el mecanismo preferido de la Casa Blanca para esquivar los vetos y bloqueo de las cámaras cuando estas son dominadas por mayorías del rival.

Empezando por lo más urgente, que es el coronavirus, el documento de acción legislativa inmediata de Biden se propone “incrementar la inversión en la elaboración de la vacuna” y en el plan posterior de distribución, así como asegurar su acceso y el tratamiento, mejorar la realización de pruebas y de los rastreos y poner en marcha un fondo permanente de salud pública y de respuesta temprana. Es decir: tomarse muy en serio la amenaza de la Covid-19 y afrontarla con toda la potencia del Gobierno federal.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, atiende a los medios.

Todo ello, en el ámbito de la salud, que ya se sabe que Biden siempre ha defendido como una de sus prioridades debido al historial familiar de fatalidades y enfermedades (él mismo ha sido operado varias veces del cerebro). Después de los cuerpos vienen los bolsillos (aunque esa distinción siempre sea complicada de discernir) y los demócratas se comprometen a facilitar ayudas y ventajas fiscales a los gobiernos estatales y locales para que empleen recursos en equipar los hospitales, los equipos de atención primaria, contratación de médicos y enfermeros… pero también profesores y otros empleados públicos en general que, con el recorte de ingresos tributarios a un nivel inferior de la administración, están perdiendo sus empleos.  

Aunque claro, también hay que responder a los que ya perdieron su puesto de trabajo. En este caso, el presidente azul ampliará los estímulos de hasta 600 dólares semanales destinados a parados, así como los posibles beneficiarios. A ello se le sumará una segunda ronda de pagos directos de 1.200 dólares y se extenderán en el tiempo todos los programas puestos en marcha de programas de ayudas directas y de créditos fiscales.  

Y, en cuanto a los trabajadores, se garantizará la baja pagada por enfermedad y las correspondientes deducciones a empresarios y empleados durante los 14 días que hacen falta para combatir la enfermedad. Junto a todas estas medidas muy relacionadas con la persona, el equipo presidencial suma una más amplia y muy focalizada en un sector tan vapuleado por la crisis: habrá una ayuda adicional para las aerolíneas. 

Su particular ‘Green Deal’

Del cielo a la tierra. Para Joe Biden no hay dudas sobre el cambio climático y una de las decisiones que ocupan los primeros puestos de su lista de tareas para el primer trimestre es volver al Acuerdo de París. Como no quiere solicitar el reingreso sobre la nada, la segunda pata de su programa económico viene pintado en verde. Solo por el número de billetes que hacen falta para acumular 2 billones de dólares bastaría para obtener ese color. Sin embargo, el paquete de infraestructuras que propulsarán los demócratas reservará una parte importante de esa cifra a la inversión en soluciones contra el cambio climático, la modernización de la red eléctrica y el impulso a las nuevas energías para descarbonizar el país en el año 2035. Su idea es llegar a las 500.000 estaciones de carga de coches eléctricos y desarrollar esa industria específica.  

La inversión, con todo, no será indiscriminada. Los azules que han vuelto a la Casa Blanca tras el paréntesis de cuatro años rojos saben que gran parte de su electorado se mueve en la parte baja de los ingresos medios y esa es la razón de que el gran paquete de los dos billones (dos veces el PIB de España) reserve el 40% del total a las comunidades más desfavorecidas a través de mejoras no solo en la red de transportes general (300.000 millones irán solo a arreglar carreteras y puentes) sino en las infraestructuras más básicas que sustenten los servicios públicos: escuelas, edificios institucionales, puertos, ferrocarril, red hidrológica…

Las campañas de los candidatos a la Casa Blanca incluyen hasta galletas con sus rostros.

Los primeros cien días de Joe Biden, a poco que ponga en marcha una mínima parte de su promesa electoral, van a ahondar en el lado más progresista del alma americana. A la extensión de todas las ayudas puestas en marcha, y a las que se sumarán más, de protección al empleo, el nuevo presidente pretende que se refuercen todas las medidas relacionadas con las moratorias en los desahucios o el pago atrasado de los alquileres, que no se castigue más a los jóvenes estudiantes que pidieron un préstamo para la universidad, que se deje de penalizar durante un tiempo las cuentas en rojo o que las entidades financieras también lleguen a las familias con pocos recursos.   

Más impuestos para todos

Hablando de recursos: la política fiscal que preparan los demócratas tienen un objetivo bastante claro en las grandes fortunas y las empresas más rentables, pero como programa de izquierda que se precie eleva la imposición en general y se centra en las deducciones y reducciones para kas familias con menos ingresos. Aunque estas reformas sean de cocción más lenta y sean difícilmente aplicables en apenas 100 días, la nueva administración elevará del 21% al 28% el equivalente al Impuesto de Sociedades y se aumenta el impuesto personal a los sueldos por encima de los 400.000 dólares anuales. También se limitarán posibles deducciones y se mirará más a las rentas del capital.

La guerra contra la deslocalización industrial y las sedes empresariales lejos de casa se librará en un doble frente: por un lado, se librarán beneficios fiscales para quien revitalice y ponga en marcha instalaciones cerradas y de proximidad a sus comunidades; por el otro, se penalizará vía impuestos o con sanciones directas a quien opere desde el extranjero cuando su negocio y sus clientes sigan siendo los americanos.  

Los americanos de a pie, por su parte, verán aumentado lo que pagan en impuestos de manera general, ya que se revocan todas las medidas de Trump, empezando por la que situó el suelo marginal del impuesto de la renta en el 37%. Ahora escala al 39,6% y se aniquilan todas las deducciones y ventajas que el republicano introdujo para pagar menos al fisco. Como compensación, se mejoran ampliamente las deducciones relacionadas con el cuidado de personas: desde los niños hasta los gastos en salud, así como las ayudas a la compra de vivienda y los planes de pensiones para jóvenes y mayores con pocos recursos, respectivamente. 

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