Cultura

La distopía que Granada no vio venir

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Si hubo algún escritor capaz de imaginar una Granada precintada contra un virus invisible, con sus gentes paseando con mascarillas, con la actividad parada y abrazos a dos metros de distancia y geles hidroalcohólicos en las puertas y el miedo a la tos del otro y recreos donde los niños olvidan cómo se jugaba y cervezas con los amigos a través de la webcam y… Bueno, si alguien escribió todo esto antes de marzo de 2020, vería cambiar el género de su relato delante de sus narices: de ciencia-ficción a realidad.

Una distopía es, dice la RAE, una «representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». La crisis de la Covid-19, sobre el papel, era una distopía. Ahora, presente en todas partes y a todas horas, la Covid-19 es un correctivo real que nos cambiará para siempre. Convertida la distopía en realidad, ¿qué distopías nos esperan a partir de ahora? Rafael Díaz Gaztelu, José M. Visedo y Jaime Martín, son tres autores granadinos de ciencia-ficción a los que les hemos hecho una petición muy particular:escribir un relato distópica ubicado en una Granada que ya superó la pandemia del coronavirus. Así nacen ‘GREEnada’, ‘El acelerador de sociedades’, y ‘Un mal día’. La cuarta historia es la magnífica ilustración de Pablo Pereira (Granada, 1989), doctor en Bellas Artes por la Universidad de Granada y profesor, desde este curso, en la Universidad de Almería. «Una inesperada petición de ayuda…», arranca la viñeta.

Cuatro historias que, como más tarde subrayará Visedo, «pertenecen a la ciencia-ficción pero eso no significa que no sean historias con temáticas reales. Pueden cambiar el tiempo y el espacio, pero lo que pasa, lo que hay en el fondo, es una historia humana». El tiempo dirá si estas historias se perderán, o no, como lágrimas en la lluvia.

Rafael Díaz Gaztelu Exomundos

Rafael Díaz Gaztelu (Córdoba, 1984) llegó a Granada con seis años y desde entonces no ha parado de escribir. Su trabajo es, literalmente, imaginar mundos. «Soy escritor –dice–. Y me fascina la ciencia-ficción». Ha participado en decenas de antologías narrativas y ha publicado sus relatos en numerosas revistas. Aunque su gran –muy grande– obra es la saga que inicia ‘Exomundos‘ (Editorial Esdrújula, 2016), una historia coral que trata sobre la colonización de los 14 sistemas estelares más cercanos a la Tierra, y que continúa ‘Exotiempo’ (Esdrújula, 2017). «Y ahora estoy con la tercera, cuarta y quinta parte al mismo tiempo: ‘Exomentes’, ‘Exonúcleo’ y ‘Exonauta’; títulos provisionales». Libros de más de 600 páginas que compagina con una producción constante de historias en distintos formatos. Su última publicación es el relato ‘Injusticia entrópica’, en la antología ‘Mentes brillantes y oscuras’ (Hela Ediciones, 2020), dedicada a científicos que transgreden las barreras morales, en honor a Mary Shelley, autora de ‘Frankenstein’.

«No podría haber imaginado una situación como esta», confiesa Díaz, hablando sobre la Covid-19. «Pero es verdad –continúa– que muchas cosas que están pasando ahora las describí en ‘Exotiempo’: las mascarillas, la distancia social, un patógeno que se transmite y no se sabe cómo, el miedo al contagio…».

Relato | GREENada

Todo el mundo sabe que pasadas pandemias cambiaron la faz de la Tierra, por ejemplo: la costumbre de exclamar «¡salud!» tras un estornudo viene de la plaga de Justiniano del año 590, o que la peste de 1347 en Europa significó el fin del feudalismo. En la Granada del año 2020 pasaría igual: el ocio nocturno, penado durante las primeras épocas, fue reducido y controlado, erradicando lo que en aquellos días se denominaba «botellón» y resultando en una ciudad más limpia. Llegó entonces la moda de e-sports y reuniones sociales telemáticas que evolucionó en las quedadas 3D-holográficas de hoy día. En el resto del mundo la distancia social impulsó un novísimo programa espacial en busca de más amplios espacios que ocupar, pero en Granada sólo querían poder irse de tapas una vez más, lo que propició la llegada de los Restaurantes Cuánticos: la comida que llega a tu casa por teletransporte.

«En Granada sólo querían poder irse de tapas una vez más, lo que propició la llegada de los Restaurantes Cuánticos»

Además, la escasez de desplazamientos canceló futuros proyectos de carreteras, de modo que la Vega granadina dejó de sufrir: creció y se expandió, convirtiéndose en una reserva natural. Sierra Nevada recuperó sus hielos perpetuos en apenas veinte años: poca gente esquiaba ya en sus blancas laderas, solo algunos senderistas subían a disfrutar de un aire limpio y renovado. Se volvieron a oír los aullidos del lobo ibérico en las lomas de Parapanda. La fauna marina volvió a bullir en los acantilados de Almuñécar y los muflones regresaron a Sierra Elvira.

Tras un par de siglos desde la inversión ecológica que nos regaló la Covid-19, la polución atmosférica se redujo tanto que, durante el día, dos astros podían verse en el cielo: el Sol y Venus, y desde aquellos días hasta hoy a Granada se la conoce como ‘La ciudad de los dos soles’.

Jaime Martín El siglo de las sombras

Jaime Martín (Granada, 1987) es periodista, profesor de comunicación, ‘content manager’ en el Grupo Cosentino y, también, escritor. «Desde pequeño he sido un lector voraz. Y hace unos años decidí dedicarme más en serio a la escritura. Fruto de ese trabajo voy a publicar una colección de relatos y una novela». El libro de relatos, ‘El siglo de las sombras‘ (Amazon), contiene diez historias de ciencia-ficción muy cercana a lo cotidiano. «Todos están basados en algo real, excepto uno. Cambio climático, inteligencia artificial, en qué trabajaremos en tres décadas, cómo será la sociedad granadina de 2050, cómo serán las ciudades, qué comeremos…». La novela, ya enmarcada en un proyecto editorial, se publicará el año que viene.

«La pandemia me ha dado más tiempo para escribir y para reflexionar. Vivimos con prisa y la pandemia nos ha hecho parar en seco, nos ha hecho pensar igual no necesito ir todo el tiempo corriendo y puedo pensar en qué uso mi tiempo». ¿De qué sirven las historias ahora? «Son formas de escapar de la realidad y de simularla. Simulamos sensaciones gracias a las historias», termina Jaime.

Relato | El acelerador de sociedades

Todavía se le hacía extraño el contacto con otras personas. Sin la incomodidad física de la mascarilla, se enfrentaba ahora a la incomodidad psicológica de sentirse expuesta. Somos animales de costumbres, se lamentaba, mientras se derretía en un abrazo comunal con otras decenas de personas junto a las que estaba a punto de hacer historia.

El acelerador de partículas de Granada comenzaba a cobrar vida. Gemía como un gigantesco órgano destinado a tocar las notas ocultas de la física, a revelar una melodía que nadie había escuchado jamás. Ella sabía perfectamente cómo debía de sonar pero aquel día, algo desafinó.

Lo siguiente que supo fue que ya no estaba en las instalaciones de Escúzar. A su alrededor se arremolinaba la cacofonía del tráfico en el centro de la ciudad. Y aquello no era lo más extraño.

«La Granada que conocía, la que se había alzado tras la crisis, todavía no existía»

Había algo en el aire, un olor agrio que ella asoció inmediatamente a los viejos tiempos: era la peste de la polución adherida, como un binomio inevitable, al escándalo del tráfico. No tenía sentido. Hacía años que en Granada no se permitían vehículos de combustión.

Nadie se había percatado de su repentina aparición en plena Puerta Real, así que decidió dar un paseo hasta la ribera del Genil. Perseguía la sensación de que algo iba realmente mal. Lo vio reflejado en los rostros de las personas a las que se cruzaba.

Una certeza terrible le atravesó el raciocinio: había viajado a una época anterior a la pandemia. La Granada que conocía, la que se había alzado tras la crisis, todavía no existía. ¿Dónde estaba el gran parque que abrazaba toda la ciudad? ¿Dónde la prosperidad tangible que les había enriquecido? ¿Dónde el optimismo de unos granadinos que habían convertido a su provincia en la envidia de Europa?

La pena por el futuro perdido dio paso a una revelación: podría cambiar el curso de la historia. Podría salvarle a él.

Comenzó a correr hacia la plaza del Carmen cuando una pregunta la paralizó: ¿sería posible el futuro del que venía sin la crisis que llevó a replantear toda una sociedad? La respuesta le aterraba.

José M. Visedo Las líneas del cielo

A José María Visedo (Jaén, 1955) todo el mundo le llama Pepe. Aunque ahora, por la pandemia, se dedique a cuidar su pequeño campo, en la Alpujarra granadina, Pepe es uno de esos artistas que conoce media Granada. «Me he dedicado muchísimo a la protección del Patrimonio, ya estoy jubilado. Y también soy músico, eso lo sigo haciendo». Visedo toca el saxo y la flauta con varias bandas de jazz de Granada, como ‘Mister Samba Lazy Band’ y, además, entre 1992 y 2003 dirigió una compañía de discos, ‘Big Band Producciones’. «Sacamos el último de 091 y alguno de Enrique Morente, entre otros muchísimos», recuerda. Pepe siempre tuvo la inquietud de escribir y hace un par de años inició un viaje enorme con ‘Las líneas del cielo‘ (Atlantis Ediciones, 2019), una novela en la que se cruzan tres historias dentro de ocho mil años, aquí, en nuestro planeta, tras un colapso ecológico que hace que el 80 por ciento de la Tierra sea inhabitable.

«La civilización más desarrollada sería algo similar a la que había en el S.XIX y, tras un cambio político, los protagonistas descubren que el mundo no es como ellos piensan. Que hay otras civilizaciones».

Con la llegada del confinamiento, Visedo comenzó a escribir la segunda parte y ya está a punto de terminar el primer borrador. «La ciencia-ficción cuenta historias reales, aunque parezcan imposibles», sostiene el autor.

Relato | Un mal día

Enca llevaba seis años encerrada en su apartamento cuando, desde la terraza que daba sobre los tejados de la Romanilla, observó una gran humareda, en la Plaza del Carmen. Todo había comenzado con un confinamiento sanitario, para combatir el virus. Después la cosa fue a más, así que tele trabajaba desde casa, y le traían hasta su puerta la compra por Internet; se reunía con sus amigas, mediante una aplicación virtual; asistía a teleconciertos en vivo, desde las casas de los músicos, naturalmente. Se echó, incluso, un novio, con el que disfrutaba de veladas tórridas, en las que ardían las pantallas. La televisión sólo ofrecía información de la epidemia, que diezmaba a la población, películas y programas de entretenimiento grabados tiempo atrás. Todos vivían igual.

«Aquella ciudad no parecía la suya. Estaba vieja y sucia, maloliente, las raíces rompían el asfalto y cientos de ratas, y otros animales que no logró identificar»

Pronto vio las llamas, lamiendo los edificios de Bibrrambla. No escuchó gritos, ni sirenas, ni ruido alguno en la calle. Nunca los oía. El fuego avanzaba con rapidez. Puso la tele, por si informaban de aquello, pero en los 58 canales sólo había programas estúpidos. En un arranque de pánico, abrió la puerta de la casa y se lanzó escaleras abajo, hasta la calle. Aquella ciudad no parecía la suya. Estaba vieja y sucia, maloliente, las raíces rompían el asfalto y cientos de ratas, y otros animales que no logró identificar, andorreaban por todos lados. No encontró persona alguna en el camino hasta la plaza de la Trinidad. Los jardincillos estaban arrasados, la fuente caída. Se giró, asustada. Ya no se veía humo, ni llamas. El miedo le hizo regresar. Su casa no parecía afectada por el incendio. Entró y cerró con llave. La pantalla del ordenador titiló. Sus amigas pensaban ir de cubatas esa noche, con una aplicación que parecía como si estuvieras en el pub. Ya no se veía humo alguno. Todo estaba bien, por fortuna.

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