Cultura

«La generación que levantó España no merece el silencio al que la han arrojado»

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Manuel Ruiz Amezcua (Jódar, Jaén, 1952) podría ser catalogado como el ‘enfant terrible’ de las letras andaluzas. Si no fuera porque no es un niño y no se anda con chiquilladas. Va directo al grano, dispara contra todo lo que se mueve –sobre todo en determinados ambientes– y prefiere ser libre para conservar su esencia. Acaba de recibir el Premio Ciudad de Cabra y publicar sendas obras en Comares, ‘Lo que verán los otros’ sobre Andrés de Vandelvira, y ‘Enterrad a bien a nuestros muertos’, donde señala a los responsables de la situación que vive el país.

-Dice que está usted en edad de riesgo, pero no en edad, al parecer, de seguir asumiendo riesgos. ¿Es usted consciente de que, actuando así, amplía el abismo con lo políticamente correcto?

Todo esto me recuerda aquel verso de Quevedo: Silencio avises o amenaces miedo. Esto último no lo he sentido nunca al escribir. No solo soy consciente de lo que usted dice, sino que lo asumo, con todas sus consecuencias. Pertenezco a una larga tradición, esa que asume, con todos sus riesgos, el concepto de parresía, la libertad que debe acompañar a la escritura. A muchos les costó, y les cuesta, la cárcel y la muerte. A otros, nos cuesta que nos baleen con el silencio. Lo llevo sufriendo toda mi vida. Por otra parte, lo políticamente correcto es una nueva forma de censura, como dice Darío Villanueva.

En los grandes poetas de todas las épocas, en los que a mí me interesan, el riesgo es inseparable de la creación poética. Lo políticamente correcto no tiene nada que ver con la noción de Arte, tampoco con la de pensamiento. Tiene que ver con don dinero y don mercado.

-¿En qué se diferencia su discurso poético del de la España oficial?

-Como veo que insiste, me extiendo en el asunto. Mi poesía se diferencia de la ‘oficial’, entre otras cosas, en el riesgo. En las cuevas prehistóricas los artistas (valga la palabra) se adentraban en ellas sorteando el riesgo, el físico y el mental. Buscaban el riesgo porque iban detrás de ‘el instante eterno’, el de la experiencia con la vida y el de la experiencia con la muerte. Tenían un concepto de lo sagrado. Esto último los mediocres se han encargado de eliminarlo. Al artista, dice Félix de Azúa, lo han sustituido por el bufón, que entretiene y divierte a los poderosos y a los que se creen las ‘verdades oficiales’, que suelen ser mentiras muy repetidas. Quizá por eso Picasso contestó lo que contestó a un periodista. Cuando este le preguntó : «Maestro, ¿qué le parece a usted lo de la evolución en la Historia del Arte?» Y el malagueño contestó: «Desde la Prehistoria todo ha sido decadencia». Los ‘poetas oficiales’ de la España de hoy no han asumido nunca riesgos. En primer lugar, porque, desde sus inicios, y desde sus postulados, ellos estaban ya prefabricados, y manufacturados, para ser asumidos por el mercado. Que era lo que ellos buscaban y querían, claro. Son tan ‘poetas oficiales’ que la derecha ha tenido uno de secretario de Estado de Cultura. Y la izquierda otro. Este último lo que es tiene otro título, pero con rango de secretario de Estado, con local en un palacio de la calle de Alcalá, la de la copla de las floristas. O sea: aquello de «mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo: los dos queremos Milán», tiene una gran actualidad. Unos y otros persiguen lo mismo: el poder. Por eso dicen, y escriben, lo que el poder dicta, lo que al poder agrada. Y el poder los premia y los colma con honores y propaganda. Son poetas hechos ‘a la medida de’. Todo Gobierno, todo Régimen se inventa su cultura ‘oficial’. Y la propaga a bombo y platillo. La que sufrimos es una más. Yo suelo citar unas palabras de Galileo a modo de esperanza: «La verdad viene del tiempo, nunca de las autoridades». Confiemos en Galileo, que era científico. Y sabía, por experiencia, de las llamadas ‘autoridades’.

El poeta, al recibir el Premio Ciudad de Cabra.
El poeta, al recibir el Premio Ciudad de Cabra. / propia

-¿Cómo es posible que alguien cuya poesía ha recibido adjetivos tan elogiosos por parte de Premios Nobel, Premios Príncipe de Asturias y Premios Cervantes y grandes nombres de la literatura contemporánea no «esté» en esos cánones que regularmente se publican?

-Precisamente: por eso mismo. Por eso arrastro el riesgo. Cuantos más elogios, más riesgo. La cultura más «oficial» de los hunos y los hotros, que diría Unamuno, ha sido especialista en crear culturas ‘excluyentes’. A la Historia de España me remito, no solo a la más lejana, también a la más cercana. Y a la de ahora mismo también. El sectarismo ha vuelto. A la cultura también. Oiga usted lo que se dice en el Congreso, por ejemplo.

-Entre sus últimas publicaciones está «Enterrad bien a nuestros muertos», donde, como Zola en el caso Dreyfus o Rembrandt en su ‘Ronda de noche’, señala claramente a los responsables de la situación que vivimos. ¿Es la rabia, la impotencia o la necesidad quien marca el tono de ese poema?

-La necesidad de la piedad y la necesidad de la justicia, también para los muertos. Es una elegía donde se lamenta la muerte de miles y miles de personas que, en el sentido rilkeano, no han tenido su propia muerte. La mayor parte de estas personas pertenecen a una generación que levantó España. Se merecían más en vida, se merecieron más en su muerte, y se merecen más ahora que están muertos. No se merecen el silencio al que han sido arrojados. Parece que unos veinte mil murieron en condiciones más que lamentables en residencias de ancianos. Sabemos muy poco de esta mortandad. No se puede mirar para otro lado, es una indignidad hacerlo. Lo peor del silencio/es su intención de muerte. Quien lo probó lo sabe.

-¿Es Vandelvira, a quien ha dedicado el poema publicado en español y griego moderno ‘Lo que verán los otros’ un trasunto de sí mismo, en el sentido de que nunca le quitarán el esfuerzo y el ánimo?

-El arquitecto Andrés de Vandelvira es un símbolo del amor al trabajo bien hecho. Sus iglesias y sus palacios son un modelo de pulcritud y de perfección. Por otra parte, ha estado demasiado tiempo en el purgatorio de los márgenes. Trabajó siempre en la provincia, pro vincit, lugar de vencidos para los romanos. No disfrutó nunca del poder de la Corte, ni se benefició de su boato y propaganda. Es un modelo de la ética del esfuerzo, al margen del espectáculo del éxito o el fracaso. Hoy, que nadie cree en nada ya, puede ser un lago donde mirarnos.

Credo

-¿Podría detallarnos las claves de ese credo poético tan personal que le ha condenado al ostracismo?

-Como soy muy de Heráclito, prefiero hablar de lo contrario. Del ostracismo ya hemos hablado arriba. Ni victimismo, ni resentimiento. Agradecimiento. Hay personas que han dedicado parte de su tiempo a estudiar mi poesía. Carlos Peinado Elliot, profesor de la Universidad de Sevilla, acaba de publicar un libro sobre los trece libros de poemas que llevo editados. También trata lo del ostracismo al que usted se refiere, pero, sobre todo, se dedica al estudio minucioso de mis poemas. Y eso da mucha alegría. El filósofo y catedrático Tomás Valladolid es otro de los estudiosos de mi obra. Y Miguel Ángel García, que fue alumno mío y es profesor en la Universidad de Granada, y muchos más que llenan un libro de estudios, de más de mil páginas ya, sobre mi poesía. A todos les agradezco sus trabajos.

-Fernando Fernán Gómez se hizo una pregunta sobre su poesía y se la repetimos: ¿Debe un poeta escribir poesía cuando está enfadado?

-Fue en un artículo sobre mi libro Contra vosotros. Lo que dijo exactamente fue esto: «Debe un poeta escribir poesía cuando está enfadado? Sí, puede ser la respuesta; si el resultado es como el de este poemario, desde el primer al último poema, el poeta debe escribir cuando está enfadado. El poeta debe escribir cuando está enfadado y también cuando está contento, cuando le falta el tiempo y cuando el tiempo le sobra, cuando espera que alguien llegue y cuando alguien no llega, cuando se marcha quien debía quedarse, cuando ama la justicia y la justicia no existe…Ha hecho muy bien el poeta Manuel Ruiz Amezcua en escribir este poemario en ese estado de ánimo, muy bien…».

-Acaba de recibir el Premio Honorífico Ciudad de Cabra. ¿Reconocimientos como este actúan como lenitivo?

-Es un premio de carácter honorífico, sin dotación económica. Te lo dan sin presentarte. Tiene esa virtud, y otras muchas. Llevan cuatro o 5 años concediéndolo y se lo han dado a Pablo García Baena, que fue Premio Príncipe de Asturias, a Antonio Colinas, Premio Reina Sofía, y a María Victoria Atencia, también Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Es un honor que me lo hayan dado a mí este año. Les doy las gracias de nuevo.

-¿Sabe lo que le queda por escribir, o será la historia quien se lo dicte?

-El azar es el mayor de los dioses, decían los griegos.

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