Salud

La ola que no vio venir Fernando Simón

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Fue el pasado 15 de octubre y sus optimistas palabras encendieron todas las alertas precisamente porque para entonces todas las luces rojas de la práctica totalidad de los indicadores ya habían saltado en las estadísticas oficiales del Ministerio de Sanidad. «En principio da la sensación de que sí, que podríamos estar ahora mismo en esa fase de estabilización previa a un posible descenso», ese fue textualmente el último y más sonado desatinado vaticinio sobre la segunda ola y sus efectos de Fernando Simón.

Pero no fue el único. De hecho, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias de Sanidad (CCAES) llevaba semanas apuntando a que España estaba controlando esta segunda andanada de la pandemia. El mismo Fernando Simón que el 21 de septiembre predijo que «la segunda ola no va a tener un impacto tan grande», el 5 de octubre destacaba que en 29 de las 50 provincias la incidencia de la epidemia se había estabilizado o descendido de «manera consistente».

Aquel 15 de octubre en el que el máximo responsable de la lucha contra el covid del país apuntaba a que España estaba a las puertas de hollar la cumbre infectiva, España registraba 13.318 casos, la que entonces fue la segunda cifra más alta de la ‘nueva normalidad’. Pero Simón insistía en que el país podía alcanzar la cresta de la segunda ola más pronto que tarde porque, dijo, había ya «34 territorios, provincias e islas, en fase estabilizada o en descenso».

Solo doce días después de aquellas declaraciones -el martes de esta semana y ya con un nuevo estado de alarma y con un reguero de confinamiento municipales y autonómicos- el jefe del CCAES masculló algo parecido a una disculpa después de que España registrara el peor fin de semana de toda la pandemia (incluida la primera ola) con 52.188 casos. «Hace tres semanas se indicaba un descenso, pero ahora llevamos tres semanas de ascenso importante, que ha compensado ese descenso previo. Quizá hubiera sido más prudente haber dicho inestable (que hablar de estabilización o posible descenso) , admitió el responsable de Sanidad, quien, no obstante llamó a «no matar al mensajero» y a no «echar la culpa a los epidemiólogos de cómo va la epidemia».

«Mayor movilidad»

El pasado jueves, después de que España volviera a batir su récord absoluto de contagios con 23.580 casos Simón siguió intentado explicar por qué sus pronósticos habían sido tan desacertados, hasta el punto de vaticinar hace solo medio mes que el país podía estar saliendo de la segunda y no ver que, en realidad, estaba a punto de ser engullido por el tsunami infectivo que ya estaba azotando Europa.

«En España la movilidad parece ser mayor a la de los países europeos… Tenemos una forma de relacionarnos en grupos familiares y de amigos mayor que en otros países europeos… España hizo una apertura gradual al turismo… Hubo brotes de trabajadores temporeros que no se dieron en otros países…», fueron algunos de los argumentos para intentar explicar que las particularidades del caso español hacían más difícil el pronóstico.

«La evolución de la epidemia en las últimas siete semanas nos muestra que hubo un descenso claro de casos, que invitaba al optimismo», insistió en disculparse, el jueves antes de reconocer finalmente que «quizás» fue un «poco arriesgado» que el máximo responsable de la lucha contra la pandemia hablara de «estabilización» cuando ni siquiera había llegado la verdadera ola.

¿Pero qué vio Simón realmente para errar de tal forma en sus presagios? En Sanidad aseguran que todos los pronósticos se basaban en las estadísticas, tal y como apuntó el pasado jueves el propio Simón. Los expertos del departamento que dirige Salvador Illa estaban convencidos de que España, por sus hábitos y costumbres sociales, había «desencadenado» la segunda ola antes que el resto de Europa y que esta nueva oleada había comenzado a tocar techo el viernes 18 de septiembre cuando se alcanzaron los 14.389 casos. De hecho, esa cifra se mantuvo como ‘récord’ de positivos diarios durante casi un mes, precisamente hasta el 16 de octubre, un día después del vaticinio sobre la «estabilización», cuando se alcanzaron los 15.186 contagios.

Después de ese día, ya se han superado holgadamente varias jornadas los 20.000 positivos, confirmando, efectivamente, que la «estabilización» era solo un «espejismo», según admiten en Sanidad, donde restan importancia al hecho de que hace dos semanas ya había indicadores que apuntaban a que las cosas no iban bien, como que la incidencia acumulada (el número de casos cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días) encadenaba por entonces siete jornadas consecutivas de aumentos o que otro de los índices más fiables sobre la evolución, el número de casos con fecha de inicio de síntoma en los últimos siete días, llevara 10 jornadas de incrementos continuos.

Madrid

En aquellos días en los que Simón no vio llegar la ola, tanto Sanidad como el Gobierno estaban en el momento álgido de la guerra con la Comunidad de Madrid, a la que habían impuesto un estado de alarma el viernes 9 de octubre para forzar al confinamiento de la capital de España y de 9 de los 10 municipios más poblados.

Toda la atención se dirigía por entonces a Madrid, reconocen fuentes del Ejecutivo. Sin embargo, después de aquel puente de El Pilar -y coincidiendo que el vaticinio de Simón- las propias estadísticas de Sanidad revelaban que, más allá de la Comunidad de Madrid que por entonces ya había comenzado a bajar su incidencia, había ya otras cuatro autonomías (Navarra, Aragón, La Rioja y Castilla y León), además de Melilla, que se acercaban peligrosamente a la barrera de los 500 casos y que, además, día tras día estaban marcando máximos históricos.

«¿Una espontaneidad incorregible?»

Sus colaboradores tanto en el CCAES como en el Ministerio de Sanidad llevan meses avisando a Fernando Simón que cada uno de sus comentarios, incluso los más banales, son analizados con lupa. Dicen que le han pedido encarecidamente que evite hacer pronósticos y que se atenga al análisis de los datos estadísticos y técnicos, pero aseguran que su «espontaneidad es incorregible». Sus más cercanos alegan en su descargo que sus análisis son «coloquiales» para intentar acercar al gran público un tema tan complicado como es la epidemiología. Y que su único «pecado» es tratar dar «respuesta» en un «escenario lleno de incertidumbres».

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