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La vida sigue siendo bella

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La vida sigue siendo bella para el Granada, que, como los espectadores de la conocida película de Roberto Benigni, tuvo que pasarlo mal antes de sonreír este jueves. De hecho, acabó festejando su pase a dieciseisavos de final de forma comedida sobre el césped de Los Cármenes, pero con rostro contrariado tras perder ante el PSV. Fue la primera derrota en Europa de un equipo extenuado que acabó siendo animado por Diego Martínez a ras de hierba. Su tesitura es una cuestión de perspectivas, de ver el vaso medio lleno o medio vacío.

La provincia entera se levantó pendiente de si detectaba alguna réplica, ya fuese del terremoto que la sacudió pasada la medianoche anterior o de la victoria granadinista en Eindhoven. No las hubo, de ninguno de los dos fenómenos, pero sí que se repitió el destello que cruzó el cielo poco después del temblor. Lo emuló Philipp Max por el carril izquierdo, para asistir a Malen tras un primer tiempo en el que el PSV jugó como se podía esperar cuando la hinchada nazarí vio juntar su nombre con el de su equipo.

El otro Max –Gonalons– fue llamado a filas para disolver la línea de tres centrales formada en Vigo y agregar un hombre más al medio. Diego Martínez plasmó su dibujo predilecto, una suerte de pirámide invertida frente a la defensa con la que opositó a robar la pelota al cuadro de Roger Schmidt. Pero el problema no estaba en la franja ancha, sino en los flancos, asfaltados por los carrileros neerlandeses para recorrerlos con suma facilidad. Desde allí pudieron filtrar el balón a la otra zona de riesgo, la que quedaba vacía entre la zaga y la media rojiblanca, para incomodar sobremanera con Götze, Malen, Maduake y Gakpo.

Era un tramo de sufrimiento del Granada, que en fase ofensiva era incapaz de superar la presión del cuadro neerlandés, más agobiante que una corbata bien entrada la noche. Apenas pudo conectar con su trío neurálgico, más pendiente de echar una mano en el balcón de la propia área, hasta el segundo acto. En concreto, hasta que entró Luis Suárez y desplazó a Machís a la banda derecha, cuando, en realidad, se desarboló cualquier estrategia. El ‘vinotinto’, una vez más, escrutó cada opción de castigar al rival, reforzado atrás con Teze –el central se ausentó en el compromiso de Eindhoven–, pero se retiró tan desesperado como famélico el cafetero, que no probó la red en esta ocasión.

Ambos son, probablemente, lo mejor del Granada en las últimas semanas, junto con el estado de Vallejo y el tesón de Milla, aunque no le salgan las cosas. Y Rui Silva, claro. El luso tuvo que intervenir, incluso, cuando el guion giraba en favor de los intereses nazaríes. Mvogo, su homólogo en la meta contraria, no sudó para mantener su casillero a cero, a pesar de que Diego Martínez acumuló atacantes con el paso de los minutos.

El final fue extraño, de esos que requieren un tiempo de reflexión en la butaca del cine. Quedaron ambos equipos sobre el césped, exultantes los tulipanes como el Athletic tras la semifinal de Copa. Los rojiblancos se abrazaron en una especie de conjura. El conjunto está en fuera de juego desde hace semanas, desconocido aunque reconocible, pero en una posición más que cómoda en todas las competiciones.

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