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«La vocación de servicio de José Manuel le llevó a dar la vida»

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Ella siente que él sigue aquí, que están «en conexión». Por eso, aunque el periodista pregunta en pretérito, ella reconduce la conversación al presente. Belén Martín Ruiz (Granada, 1967) es viuda de José Manuel Fernández Cuesta, el médico de urgencias de Gran Capitán que falleció el 22 de abril a los 61 años. El coronavirus le arrancó la vida en 20 días. Él fue consciente del enorme peligro –invisible al mismo tiempo– que tuvo enfrente, pero no quiso dar un paso atrás pese a su edad. El reconocimiento de IDEAL es un homenaje a todos los sanitarios y las víctimas del coronavirus.

Los IDEALES 2020, hoy a las 20.00 horas en IDEAL.es y TG7

–¿Quién fue José Manuel?

–Es una persona excepcional, muy responsable, muy consecuente, madura desde que era pequeño. Era un amante de su familia, servidor nato con una vocación de servicio total para quien le pidiera ayuda por cualquier necesidad. Tenía un corazón entrañable, noble, generoso. Podría estar toda la tarde hablando de él. Es un trabajador incansable, tenía muchas cualidades. Su vocación paralela a la Medicina era el campo. Era un agricultor nato, llevaba muy a gala su origen humilde y sencillo y le gustaban mucho el campo y los animales. Por ejemplo, tenía un voladero de canarios al que se dedicaba día por día, era una persona muy constante en el cuidado a los demás.

–¿Por qué eligió la Medicina?

–No sabemos exactamente por qué. En su familia no hay una tradición, era una familia humilde de campo. Fue su vocación de servicio público. Desde pequeño era una persona muy inteligente, con mucho ánimo de saber y ayudar a los demás. Fue eso, el ánimo de ayudar, que la Medicina podría ser un campo en el que se podría realizar y proyectar sus habilidades, cualidades y dones.

–¿Por qué merece que el centro de salud lleve su nombre?

–Merece un homenaje y cien homenajes. Su vocación de servicio le llevó realmente a dar la vida, a él se le ofertó retirarse de primera línea y dijo que cuando más falta hacía no se iba a retirar. José Manuel ha dado la vida por todos nosotros, por todos los granadinos y todo el que se acercara al servicio de urgencias. Y además merece un homenaje a nivel familiar por ser el mejor hijo, hermano y esposo, la mejor persona que he podido conocer.

–En Gran Capitán le guardan un cariño especial…

–Lo resumo con una palabra que tenía en su estado de Whatsapp. Ponía entre admiraciones ‘cuéntame’. Otras personas ponían ‘estoy ocupado’ o ‘fuera de cobertura’. Su actitud era de ‘qué puedo hacer por ti’. Tanto para los compañeros como para los usuarios, eso es lo que le ha hecho distinto. El cariño que le tenían, ahora me lo expresan a mí a través de grandes gestos, de pequeños gestos, de regalos… Era un trabajador nato. Para hacer las noches, él decía ‘elige tú el turno’, en cuanto llegaba un usuario se levantaba sin pereza. No lo estoy engrandeciendo porque ya no esté: fue así. Lo quieren. Defendía a capa y espada los derechos de sus compañeros, no el suyo propio. En el último en el que pensaba era en él.

–¿Tuvieron miedo en algún momento?

–Sí. Él tenía miedo cada vez que iba a la guardia, pero nunca se lo planteó. En los últimos días lo vi más nervioso pero no dijo ‘me aparto’. Él lo pasó mal porque era consciente del problema sanitario que teníamos en Granada. Cada vez que iba a una residencia veía que el foco y la infección del virus era terrible. Conocía la realidad. Era muy consciente del peligro al que se estaba enfrentando. Yo también. Tenía miedo. Compartía la vida con él y hubiera preferido morir junto a él. En su momento me dio mucho coraje no haberme contagiado, ahora te hablo desde otro estado de ánimo. Si me pillas ayer estaría todo el día llorando.

–¿Hubo suficientes medios de protección?

–En principio no. Iban con unos plásticos por encima. Me mandó las fotos en tono de broma y no eran EPIS ni nada, era un plástico encima. El virus estaba ya muy inmerso en la sociedad cuando nos decían que no había nada. En marzo ya estaba todo esto impregnado.

–¿Qué piensa cuando ve las imágenes de gente de fiesta y bares llenos?

–¿Qué voy a pensar? Son unos irresponsables, me parecen unos delincuentes. Luego les atienden personas como mi marido, que se ponen en riesgo a ellos y a sus familiares. Siento indignación e impotencia. Los sanitarios son prioridad, los tengo en mente y rezo por ellos. Es duro, pero la gente se lo toma a la ligera y expone a los profesionales.

–¿Se pudieron despedir?

–No. Eso fue lo más triste. Fuimos los dos a hacernos la PCR. Él iba fatal. Conducía él. Yo no era consciente, pero él tenia ya una saturación de oxígeno de 34 y no sé cómo no nos estrellamos en el coche. Se hizo la PCR y vino para acá (la casa). Decían que quedarse en el hospital era más peligroso. A la media hora de estar en casa no podía ni comer, solo tosía. Vino la ambulancia y no me dejaron irme con él. La despedida fue en la puerta de casa porque no me dejaban ir al hospital. Por Whatsapp sí hablábamos, él quitándole importancia. Pero en la UCI ya lo intubaron y llegó la desconexión total.

–¿Qué le quedó por decirle?

–Que lo quiero con toda el alma. Que estoy deseando volver a verlo, estar con él. Que cuando quiera, aquí me tiene y su recuerdo y persona viven dentro de mí, donde yo vaya. Que siempre va a ser mi marido, mi esposo, mi amigo, mi amante. Y perdón. Perdón por las cosas que quizá no supe hacer mejor. Que lo quiero y algún día nos veremos. Tengo fe, creo en la resurrección. Nos veremos.

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