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Las farmacéuticas, de ser las malas de la película a salvadoras de la humanidad

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Hace pocos años, John La Mattina, ex vicepresidente de Pfizer para Investigación y Desarrollo, decía: “Si la industria en su conjunto no es valorada ni confiable y no tiene credibilidad, ¿para qué servimos?”. Estaba desolado

La imagen de las empresas farmacéuticas estaba tan deteriorada que en novelista John Le Carré escribió ‘El jardinero fiel’, la historia de una malvada empresa farmacéutica que usaba a los niños de África como conejillos de indias para probar un medicamento llamado Dypraxa. La novela se llevó al cine, y la imagen de las farmacéuticas volvió a sufrir otra cornada.

La historia de errores farmacéuticos es sobrecogedora. Uno de las más terribles fue la Thalidomida. En 1961, se determinó que este medicamento fabricado por la alemana Grunenthal causaba espantosos defectos de nacimiento. Estaba prescrita para combatir cefaleas en las recién embarazadas pero entre 10.000 y 20.000 personas vivieron sus efectos nocivos, pues la molécula provocaba deformaciones a los fetos. Fue uno de los peores desastres médicos de la historia. El Congreso de EEUU aprobó en 1962 las Enmiendas de Medicamentos Kefauver-Harris, que ponían a los medicamentos bajo la supervisión de la FDA y obligaba a los fabricantes a demostrar que sus medicamentos eran seguros. Se pagó un precio muy duro.

Salvador Illa, ministro de Sanidad

A pesar de que las medidas para aprobar medicamentos han sido cada vez más duras, las empresas farmacéuticas han seguido sufriendo periódicamente terribles errores. Uno de los últimos fue el Bextra, un medicamento fabricado por Pfizer, prescrito contra la artritis pero que causó otros males como ataques al corazón. Pfizer tuvo que pagar 2.000 millones de dólares en indemnizaciones.

También se ha acusado a las farmacéuticas de no tener corazón porque algunos de sus medicamentos son imposibles de pagar por los países de los países en desarrollo. Con las actuales medidas sanitarias impuestas por los gobiernos de EEUU y de la UE, sacar una molécula puede costar más de 3.000 millones de euros y un lustro de investigaciones. En el camino quedan muchas moléculas inservibles, pruebas clínicas y esfuerzos de las empresas.

Y por si fuera poco, se acusa también a las farmacéuticas de no producir medicamentos poco rentables. En 2000, ‘The New York Times’ publicó un reportaje sobre cómo los habitantes de Uganda afectados por la enfermedad del sueño, tenían que recurrir a inyecciones de arsénico, lo cual significaba la muerte del 5% de los enfermos. A las empresas no les compensaba sacar un medicamento contra la enfermedad del sueño pues no era rentable.

De modo que a diestro y siniestro, las compañías farmacéuticas estaban condenadas a ser las malas de la película. Eso explica la desazón del vicepresidente de I+D de Pfizer, para quien su industria no tenía credibilidad. Por mucho que insistieran en ser un beneficio para la humanidad, tenían un problema de imagen.

De repente, lo peor se ha convertido en lo mejor. Antes de que estallara en serio la pandemia, en la primavera de 2020, muchas compañías farmacéuticas ya habían empezado una carrera esforzada por encontrar la vacuna contra el Covid19. Las grandes estaba en esa carrera: Pfizer, AstraZeneca, Merck, Moderna, Boehringer Ingelheim, Bristol-Myers Squibb, Eli Lilly, Gilead, Johnson & Johnson, Merck Novartis, Sanofi… Eso sin contar la vacuna de Rusia, cuyo gobierno anunció muy pronto la Sputnik 5: afirmaba un porcentaje de éxito de más del 90% aunque los sistemas de control en Rusia no son de fiar.

El premio era un premio mayor, mejor dicho, mundial. Porque el planeta entero estaba amenazado. Ha sido la pandemia más rápida de la historia. Y se necesitaba la vacuna más rápida para resolver la mayor infección de la historia moderna.

¿Cuánto podría suponer en ventas para cualquiera que lograra anunciar una vacuna con un alto grado de eficacia y que hubiera pasado todas las fases? ¿Y cuánto podría tardar en ponerse en funcionamiento? Los expertos no se ponían de acuerdo. Hablaban de un mínimo de un año pues, debido a las duras reglas impuestas por las autoridades sanitarias de los países desarrollados, había que ser muy escrupulosos.

Ana Botín junto a Carlos Torres

Mientras tanto, las noticias sobre las investigaciones de la industria farmacéutica han estado en las primeras páginas de la prensa de todo el mundo, convirtiéndolas en la gran esperanza de la humanidad. Los lectores y televidentes seguían los avances médicos como una teleserie de Netflix: desde las pruebas con miles de voluntarios que movían al optimismo, hasta la recaída de un paciente que destruía todos los sueños. AstraZeneca iba por delante con una vacuna que previsiblemente tenía un porcentaje de éxito de más del 50%. Pero un problema con un paciente voluntario paralizó la investigación. 

En Brasil, la vacuna china Sinovac estaba en las últimas fases de desarrollo pero la muerte de un paciente, quebró las expectativas. Donald Trump también confiaba en este elixir mágico porque sería una forma de enmendar sus irresponsables declaraciones sobre el virus. Esperaba la vacuna antes de las elecciones y lo anunció así varias veces en la campaña. Podía incluso ganar las elecciones con ese anuncio. Pocos saben que en abril de este año Trump había puesto en marcha un programa llamado Operation Warp Speed (algo así como Operación Velocidad de la Luz) para conseguir la vacuna a toda prisa. 

El Congreso aprobó sin dilación un presupuesto realmente gigantesco de 10.000 millones de dólares para poner en marcha esta colaboración público privada, que contaba con la colaboración de Johnson & Johnson, AstraZeneca-University de Oxford-Vaccitech, Moderna, Pfizer-BioNTech, Merck-IAVI, Novavax, Sanofi y GlaxoSmithKline. Por fin, dos científicos alemanes de origen turco dieron con la tecla con la empresa BioNTech, asociada a Pfizer. Obtuvieron en tiempo muy corto una vacuna con un 90% de eficacia, uno de los porcentajes más elevados. Pfizer-BioNTech estaba en el consorcio Warp Speed. Pero la noticia llegó el lunes 9 de noviembre, seis días después de las elecciones presidenciales de EEUU. 

Se especuló en los medios con la idea de que Pfizer-BioNTech había retrasado el anuncio para no dar alas a Trump. De hecho, Alfred Bourla, el consejero delegado, había afirmado que la vacuna podría anunciarse en octubre, antes de las elecciones, algo que Trump también había repetido. Pero no llegó a tiempo.

La vicepresidenta de Pfizer Kathrin Jansen añadió un poco de confusión a la noticia al decir que ellos no estaban en la Operación Warp Speed. Y añadió que no había tomado ni un dólar de aquel gigantesco presupuesto. Luego, Pfizer rectificó diciendo que sí eran parte de Warp Speed en el sentido de que tenían que producir vacunas de forma masiva una vez encontrada la que funciona.

La vacuna de Pfizer-BioNTech era una de las once que estaban en la recta final para alzarse con el trofeo. Es la que ha obtenido el porcentaje de eficacia más elevado: un 90%. Aun así, muchos científicos piensan que ha sido demasiado rápido para anunciarlo, porque técnicamente no da tiempo para ello. Algunos esperaban una eficacia del 50%, pero no del 90%. Y lo que les sorprendió fue que el anuncio de Pfizer se haya hecho mediante una nota de prensa, y no con la publicación de un artículo científico revisado por pares (por dos expertos imparciales).

La eficacia de la vacuna de Pfizer-BioNTech es algo que se probará con el tiempo. Pero de lo que nadie duda es que las grandes farmacéuticas han logrado cambiar su imagen gracias (o desgraciadamente) a la mayor crisis sanitaria de la historia. Si en los próximos doce meses la vacuna (y otras que se están probando ahora) logran producirse en cantidades masivas e inmunizar a cientos de millones de personas, será uno de los grandes hitos de la ciencia. Y el mérito será para las farmacéuticas.

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