Cultura Política

Paisajes agrestes y desafiantes en el Camino de Santiago. De Saint Jean Pied de Port a Roncesvalles

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La campiña francesa de tonalidades pastel y girasoles amarillos de cuadro impresionista iba quedando atrás fundida en el horizonte. Un paisaje cada vez más verde y agreste anunciaba la entrada en tierras de la Baja Navarra. En Ostabat, un poco antes de Saint Jean Pied de Port, confluyen tres de los caminos jacobeos que parten de París, Vézelay y Le Puy. “¡Qué gusto ir avanzando y adentrándose en España!”, pensó Clara.

La ciudadela del siglo XVII se asienta en lo alto de la colina de uno de los pueblos franceses de mayor tradición jacobea, y uno de los más pintorescos de la ruta, en la ribera del Nive. Dos puertas, la de Saint Jacques, declarada Patrimonio de la Humanidad, y la de L’Espagne reciben y despiden a los peregrinos. Calles estrechas y adoquinadas, casas de estilo navarro cuyos balcones casi besan el río, y puentes venecianos, hacen de Saint Jean Pied de Port uno de los lugares más atractivos del Pirineo francés.

Los pequeños comercios y tiendas de artesanía han permanecido inalterables y conservan la estructura de hace siglos. El Camino está señalizado con las marcas rojas y blancas, de gran recorrido, aunque también hay flechas amarillas. Peregrinos a pie o en bicicleta con pesadas mochilas subiendo y bajando confieren un aire de fiesta permanente.

Sergio Santamarina aparcó el Nissan, desplegó la silla de ruedas de Teresa y la ayudó a acomodarse. Clara le colocó la correa a Galleta, le dio agua y se mezclaron con la multitud en la transitada Rue de la Citadelle en busca de un lugar donde tomar un refrigerio.

La amabilidad de los lugareños les sorprendía. Estaban acostumbrados a que los sitios turísticos no destacasen precisamente por la buena educación hacia el visitante. Sin embargo, Saint Jean era acogedor y trataba al peregrino como mandan los cánones de la Ruta Jacobea clásica.

Tras visitar el edificio de la Prison des Eveques y la iglesia de Nuestra Señora de la Cabeza del Puente, construcciones ambas del siglo xiii, reanudaron la marcha hacia Roncesvalles.

Este tramo es de los más bellos y dificultosos del Camino, según el decir de muchos peregrinos que, a pie o en bicicleta, han librado una batalla contra las inclemencias del tiempo y la desafiante orografía.

En Roncesvalles se reunirían con el resto de los componentes del grupo para empezar las etapas a pie, en bici o a caballo, según terciase; con frío o calor; lloviendo o al sol. El Camino es un laboratorio de experiencias que querían aprovechar. Deseaban que fuera algo inolvidable, vivir cada momento e impregnarse de toda la historia milenaria de la Ruta de las Estrellas. Antes, aún quedaba el puerto de Ibañeta, el punto más alto del País Vasco-francés y Valcarlos, el primer pueblo en territorio español.

Clara, que estaba acostumbrada a hacer ejercicio y grandes caminatas, por ganas, habría tomado el bordón y la mochila y se habría unido al heterogéneo grupo de peregrinos que seguían por el arcén la misma ruta hasta tomar la calzada romana Aquitania, de Braga a Burdeos.

Iban en coche, muy despacio. En algunos tramos casi al ritmo de los peregrinos. María propuso desviarse y subir a pie a la Virgen de Biacorri que, encaramada en una roca con su manto azul, vigila y guarda a los peregrinos, adornada con collares, conchas y otras ofrendas en señal de gratitud. También es costumbre dejar objetos en la cruz de Thibault, muy cerca de la fuente de Roldán, el oficial de Carlomagno derrotado por los vascones. Una estela y un altar honran su memoria en el entorno de Ibañeta.

—Me encantaría hacer noche aquí —dijo Clara, como pensando en voz alta—. Si no fuera porque el grupo nos espera a última hora en Roncesvalles… Me gustaría sentir en la noche lo que aquellos valientes de la Edad Media, que se perdían entre la niebla y tenían que guiarse por el sonido de las campanas.

—Sería muy interesante —opinó Sergio—. Además se está poniendo el tiempo feo y lo ibas a vivir como lo hacían los peregrinos de antaño que pasaban mil dificultades. Vas a encontrar muchos sitios en los que te gustaría quedarte, pero entonces necesitaríamos, como mínimo, un par de meses.

—Pues no se hable más —dijo Clara—. Sigamos hacia Roncesvalles… aunque ya no llegaremos a la misa del peregrino.

El puerto de Ibañeta, punto más alto de la etapa, está representado por la capilla de San Salvador, construida en recuerdo de un antiguo cenobio-hospital edificado por Carlomagno. En esta zona se encuentra el bosque de las lanzas y se supone que fue aquí donde sus tropas sufrieron la emboscada, aunque algunos autores sitúan el bosque de las lanzas en otros lugares, entre ellos Sahagún. Cuentan que, en la Edad Media, los monjes hacían sonar las campanas para orientar a los peregrinos extraviados en el inhóspito paraje. Un tiempo después, el hospital fue trasladado a Roncesvalles y se convirtió en el germen del conjunto hospitalario y monacal.

La tarde avanzaba. Los últimos reflejos del sol en el horizonte anunciaban el preludio del crepúsculo. Apenas unos kilómetros y se encontrarían con la colegiata gótica de Santa María y el albergue de peregrinos de Roncesvalles. Los amigos les esperaban impacientes para vivir una aventura inolvidable. (De mi novela El Códice de Clara Rosenberg, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2016).

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