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Por los pasillos de la UCI del Marañón: “Estamos llenos y la plantilla, agotada”

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La vida y la muerte libran un pulso en la antigua biblioteca del Hospital Gregorio Marañón. Cruzamos el umbral de esta burbuja, la única unidad flexible de críticos de toda España. Sus 1.100 metros cuadrados no suenan a hospital. El tumulto de la calle no llega allí abajo. Tampoco esa sensación de victoria que sí ha calado en la superficie. Pero el sosiego de la UCI también es bélico, como ese silencio que reina en el campo de batalla entre una arremetida del enemigo y la siguiente. Apenas quedan camas libres. “Aquí abajo estamos llenos”, advierte José Eugenio Guerrero, jefe de la unidad de intensivos del hospital. ¿Y la plantilla? “Exhausta”.

‘Solo personal autorizado’. La puerta se abre al presionar la palanca de seguridad. Antes de entrar, las manos bañadas en gel hidroalcólico, dos mascarillas y pijama blanco. Una vez dentro, la bata y un par de patucos de plástico sobre los pies. El olor a desinfectante domina el ambiente. La UCI suena bajito. El eco de los monitores avisa al personal de cualquier mínimo cambio en la situación de los pacientes. De cada cuerpo nace una autopista de tubos. Allí abajo, las pantallas sirven de voz a muchos pacientes que, sedados o  intubados, apenas pueden emitir sonidos. Y el susurro de pitidos no cesa. Cuando solo las miradas comunican, la alerta debe ser constante. 

Nada más cruzar el umbral, a mano derecha, una puerta entreabierta destapa la reunión del personal a las miradas más indiscretas. El equipo, ataviado con pijamas naranjas, habla alrededor de una pizarra. “Este es un virus que nunca sabemos qué es lo que va a hacer mañana”. Guerrero abandona al grupo para recibir a La Información. “Nos hemos reunido a diario con la dirección para valorar y planificar… pero de una jornada a otra debíamos cambiar la estrategia. La Covid es una enfermedad que cada día cambia”. El equipo revisa, evalúa y descarta, decidiendo el próximo movimiento… pero “el puñetero virus va por su cuenta”

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en la cumbre virtual del G20.

Los boxes transparentes de la antigua biblioteca acogen a ocho enfermos de Covid. Cuerpos totalmente monitorizados, recorridos por decenas de tubos que alimentan, calman, vacían, anestesian… “Pensábamos que el verano iba a dar tregua, que el calor iba a aplacar al bicho”. La nueva ola se salió de las estadísticas. “En la segunda quincena de agosto volvimos a tener virus”. Y la curva fue en aumento. “En septiembre sufrimos un pico tremendamente serio en Madrid”. El cambio en el calendario impidió al personal reponerse antes de volver a las trincheras. 

“Todo el mundo está muy cansado, eso es innegable. Cuando pasamos varios días buenos, parece que volvemos a respirar, que la adrenalina del equipo se eleva y estamos más contentos… pero la realidad es que todo el personal, no sólo de este hospital, está hecho polvo“.  El Marañón jugó entonces -y juega ahora- un papel crucial contra la pandemia. El hospital es uno de los buques insignia del SERMAS y uno de los centros de toda Europa que más pacientes de coronavirus ha acogido desde que comenzó la crisis sanitaria. Más de 4.200 infectados han dormido en una de sus camas de planta y más de 400 han pasado por sus UCI. La que ha abierto sus puertas a La Información se construyó en apenas tres meses.

“Las secuelas de la UCI son tremendas… aquí abajo el tiempo es oro”

La falta de camas de intensivos fue un problema en primavera… y uno de los escollos por los que los sanitarios más han luchado por salvar. La plantilla del Marañón obró el ‘milagro’  y convirtió la biblioteca en UCI provisional. Un verano y casi 1,7 millones después la unidad ya es permanente. La obra que acometió la CAM permitió sumar a las 18 camas de críticos -ampliables a 23- del hospital, otros 23 puestos de intensivos que podrían convertirse en 35 en un parpadeo. Al Marañón volvió a urgirle el espacio casi antes de terminar las obras.

Por los pasillos de la UCI del Gregorio Marañón
Por los pasillos de la UCI del Gregorio Marañón
UNIDAD_FOTOGRAFIA HGUGM

“Llegamos a tener 134 enfermos”, recuerda Cristina Díez, supervisora de Enfermería del Marañón. La situación ahora, cuando el pico de septiembre queda atrás, es de 26 enfermos críticos, ocho de ellos en la UCI flexible, y otros 109 contagiados en planta. “Los pacientes de Covid ocupan más tiempo que otro enfermo de UCI”. También sus estancias son más largas. “El que más la dilató pasó 170 días con nosotros“. Las consecuencias de una larga temporada en intensivos son difíciles de recuperar. “Intentamos que salgan de aquí lo mejor posible y en el menor tiempo posible… las secuelas son tan tremendas que. aquí abajo, los minutos son oro“.  Cuando se mira de frente a la muerte, también el orden de prioridades cambia.  

Las paredes transparentes acogen pacientes desnudos que o duermen o miran con la intensidad de los momentos decisivos. La intimidad pasa a un segundo plano, aunque el equipo ya está trabajando en formas de crear espacios de privacidad durante los momentos más delicados. Boca arriba o boca abajo, aunque la Covid es una vieja conocida la plantilla sabe que no hay fórmulas milagrosas. Una joven que aún no ha dicho adiós a la treintena sonríe con la mirada al paso de la supervisora. “Ayer le pregunté si le gustaba bailar y respondió agitando la cadera”, comentan las enfermeras. Hace sólo unas horas que la mujer volvió a articular algún que otro sonido. “A veces, después de tanto tiempo sin escucharse, se sorprenden de su propia voz”.

Cristina cifra en más de sesenta enfermeras y cerca de una treintena de auxiliares los que trabajan a pleno pulmón para sacar adelante los cuadros más graves. Después de semanas de lucha, no hace falta hablar. Al otro lado de la cristalera un paciente ladea con insistencia la cabeza. La supervisora capta el mensaje. “¿Chicas, ponedle la radio?”. Un reloj por cada habitación -“Para que los enfermos no pierdan la noción del tiempo”-. Las doce en punto. Fin de la visita. 

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