Cultura

Una Corrala de Santiago entre manos

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A Inmaculada Rodríguez (Almería, 1958) le fascinaban las cosas vivas y pequeñas. Esos diminutos ecosistemas que se esconden en una gota de agua o en las ramas de una higuera. Licenciarse en Biología, en la Universidad de Granada, sació su curiosidad, pero su vida, su pequeño ecosistema, nunca ha tratado sobre el estudio de las cosas pequeñas. Su vida trata de crearlas.

Si esto fuera una película de Méliès, arrancaría con un plano del planeta Tierra desde la Luna, un día cualquiera de 2020. La cámara caería a toda velocidad pasando por Europa, España y Granada, hasta colarse por el balcón de un pequeño taller en el corazón del Realejo. Allí se adentraría por la habitación, cruzando por dibujos, viñetas, cajas de materiales y flexos hasta una mesa donde descansa la Corrala de Santiago. La cámara entraría por una de sus ventanas, recorriendo sus cuatro plantas junto a los vecinos que viven allí, un día cualquiera de 1960, mientras lavan su ropa en la pila, tocan la guitarra y los niños corretean entre jazmines, macasares y chumberas.

Detalles de la maqueta. / R. L. P.

«No tengo ni idea de por qué empecé a hacer maquetas. Fue en los 80. De niña hacía figuritas, cosas de plastilina, escenas enteras… me atraía mucho esa forma de mostrar historias». Inma tiene casi terminada su maqueta de la Corrala de Santiago. Es hermosa. Aunque en un principio iba a ser tal y como es ahora el edificio de la universidad, quizás con algún concierto en el patio o algo así, cuando empezó a documentarse le pareció mucho más interesante recrear aquella corrala de los años 50 y 60, la Corrala de Santiago en la que vivían de alquiler un puñado de familias.

La pared del taller está repleta de fotografías antiguas del edificio granadino, en blanco y negro. En la mesa aún descansan los botes de pintura y los pinceles. Esto, hacer maquetas, es algo que lleva haciendo toda la vida de manera profesional. «Por encargos, para negocios, para museos, para centros de interpretación…», explica Rodríguez mientras se acerca a su última creación. «Ya está prácticamente terminada –sigue–. El propósito es colocarla dentro de la propia Corrala de Santiago, bien presentada, para que todos la puedan ver». La maqueta no pierde detalle: la ropa tendida, los canalones con los cables, los servicios comunes… Todo está cuidado con mimo.

«Está construida con poliestireno extruido, en distintos grosores. Ahora es mucho más fácil hacer una maqueta así que antes. Cuando diseñé la estructura, la cortamos con láser, en vez de con un cúter. Las barandillas son una impresión 3D. Y las zapatas de las columnas, por ejemplo, están fotografiadas y redibujadas en el ordenador para cortarlas también con láser. Aquí el asunto está en saber trabajar y envejecer los materiales: que una columna parezca una columna». Y vaya si lo parece. Aquí hay horas y horas de trabajo. Para que se hagan una idea, empezó en noviembre de 2019 y no paró hasta marzo, cuando la pandemia le obligó a levantar las manos cuando estaba prácticamente terminada. «Retomé hace poco. Ojalá se pueda instalar pronto allí, en su sitio. Me gustaría acompañarla de un texto explicativo, contando cómo era la vida en la corrala en aquellos años».

El principio

En 1987, la sala Planta Baja le propuso a Inmaculada Rodríguez hacer una exposición con sus maquetas. Sus maquetas no eran arquitectónicas ni costumbristas, eran viñetas con volumen. Entre las obras que expuso allí había una del propio Planta que, seguro, recordarán los viejos amigos de la sala. «Sacaba escenas de fotografías antiguas, de revistas, de momentos que contaban algo de las tribus urbanas», dice. El caso es que aquello que empezó como una pasión personal terminó convirtiéndose en una profesión y empezó a realizar maquetas bajo demanda: desde encargos personales –bodas o cumpleaños– hasta grandes proyectos para instituciones culturales. «En la Expo 92 había una representación en miniatura de Andalucía que se llamaba ‘La Andalucía de los Niños’, que se cruzaba en trenecito. Los 500 personajes que adornaban aquel parque los hice yo».

Y hay tantas maquetas –centenares– que ya casi ni las recuerda: doce escenas para el Museo del Rocío de Huelva; el proceso de la sidra para un lagar, en Asturias; una almazara para el museo de Nigüelas; un vagón del metro de Londres; la playa de Cabo de Gata… «¡Hasta en el bar Candela del barrio tienen una maqueta mía!», cuenta entre risas.

El Planta Baja, la Expo 92 y el Candela.

«¡Hasta en el bar Candela del barrio tienen una maqueta mía!»

Hasta el año 2000, Inmaculada combinó las maquetas con el cine de animación y un sinfín de experiencias artísticas compartidas con el dibujante Rubén Garrido, con el que lleva colaborando «más de una vida». «Hace quince años montamos los dos juntos ‘Talleres Animados‘, aquí, en el Realejo, una empresa dedicada a trabajar con niños todo tipo de actividades plásticas». Juntos han impartido clases de dibujo, de cómic, de cine –incluso han rodado alguna película con los niños, móvil en ristre–, de animación… «Son tantas cosas y tan variadas… Hemos trabajado con colegios, museos, ayuntamientos y pueblos enteros. Últimamente hacemos muchos pop-ups, que son en realidad como pequeñas maquetas, pequeñas escenas en movimiento». Inma saca del armario una tarjeta en la que se lee ‘Flamenco Granada’ y, al abrirla, se despliega una cueva del Sacromonte en plena algarabía.

Fue precisamente en una de las exposiciones de Rubén Garrido, en la Corrala de Santiago, cuando le propusieron el reto. Entre los dibujos y carteles de Garrido había una maqueta de una imprenta, Gráficas Granada, en pleno proceso de sacar uno de las obras que allí se exponían. «¿Y por qué no haces una maqueta de la corrala?», le dijeron. Y ella, que siempre estuvo fascinada con la vida pequeña, la de las cosas diminutas que habitan casi sin ser vistas, empezó a calentar los dedos y a imaginar qué se vería allí dentro. Como en una película de Méliès.

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